“La misericordia de Dios inspiró su Obra”

En este estudio de analizan algunos textos de san Josemaría sobre la historia del Opus Dei, a la que llamaba “la historia de las misericordias de Dios”. De próxima publicación en Romana, boletín de la Prelatura.

Opus Dei - “La misericordia de Dios inspiró su Obra”

Introducción

El título del presente estudio pone en relación la misericordia de Dios y la historia del Opus Dei. Dos temas que, como se ilustra a continuación, estuvieron entrelazados en el pensamiento y en la experiencia fundacional de san Josemaría Escrivá de Balaguer (la expresión “la misericordia de Dios inspiró su Obra” procede de hecho de un escrito suyo)[1]. El año santo de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, ofrece una ocasión propicia para profundizar en este engarce.

“ACERCA DEL AMOR MISERICORDIOSO –ESCRIBÍA EN LOS PRIMEROS AÑOS 30– DIRÉ QUE ES UNA DEVOCIÓN QUE ME ROBA EL ALMA”

Es conocida la devoción que san Josemaría tuvo, desde joven, al Amor Misericordioso. “Acerca del Amor Misericordioso –escribía en los primeros años 30– diré que es una devoción que me roba el alma”[2]. Como hemos analizado en otro lugar, las manifestaciones de esta devoción fueron evolucionando a lo largo de su vida, pero el tema de la Misericordia estuvo siempre presente, incluso, intensificándose al final de sus días en la tierra[3] Así se expresaba, por ejemplo, en 1972: “Y descubrí con más hondura la misericordia de Dios recientemente; hace dos o tres años. Entendedme lo que quiero decir: esa hondura de la misericordia, que a mí me hace falta para que el Señor no me tenga en cuenta tantas faltas de docilidad a su gracia y tantos errores”[4]

El objetivo de estas páginas no es volver sobre la devoción de san Josemaría al Amor Misericordioso, ni estudiar el tema de la misericordia de Dios en sus enseñanzas. Lo que pretendo ahora –como se anticipa en la explicación del título–, es indagar en la relación entre la misericordia de Dios y la misma existencia y vida del Opus Dei, tal como se nos presenta en el pensamiento de su fundador.

Se estudia esta relación a partir de varios textos en los que san Josemaría lleva a cabo una lectura, en clave teológica, de la historia de la institución por él iniciada y de su proyección en el futuro: “veo a la Obra proyectada en los siglos”, repetía muchas veces[5].

Una lectura de esos textos manifiesta con claridad que, para san Josemaría: 1. la historia del Opus Dei es la historia de las misericordias de Dios; y 2. el Opus Dei es una manifestación de la misericordia de Dios para la humanidad. Estas dos ideas –interconectadas, pero distintas– ofrecen la estructura de las siguientes consideraciones. Evidentemente, estas reflexiones se encuadran en la comprensión que san Josemaría tenía del Opus Dei como una parte de la Iglesia. Como escribe Papa Francisco, “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”[6]

1. La historia del Opus Dei es la historia de las misericordias de DiosSan Josemaría, dirigiéndose a sus hijos espirituales, solía expresarse en estos términos: “siempre afirmo –es la pura verdad– que la historia del Opus Dei habrá que escribirla de rodillas, porque es la historia de las misericordias de Dios”[7]. Expresiones similares utilizó, en diversas ocasiones, tanto de palabra como por escrito[8]

Para enmarcar adecuadamente estas expresiones resulta necesario, ante todo, tener en cuenta que para san Josemaría toda la historia de los hombres es el ámbito en el que se despliega la misericordia de Dios. “En este canto a las riquezas de la fe que es la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que el cristiano debe vivir con la libertad que Cristo nos ha ganado (cfr. Gal 4, 3). Ese fue el anuncio de Jesús a los primeros cristianos, y eso continuará siendo a lo largo de los siglos: el anuncio de la liberación de la miseria y de la angustia. La historia no está sometida a fuerzas ciegas ni es el resultado del acaso, sino que es la manifestación de las misericordias de Dios Padre. Los pensamientos de Dios están por encima de nuestros pensamientos, dice la Escritura (cfr. Is 55, 8; Rm 11, 33); por eso, confiar en el Señor quiere decir tener fe a pesar de los pesares, yendo más allá de las apariencias. La caridad de Dios –que nos ama eternamente– está detrás de cada acontecimiento, aunque de una manera a veces oculta para nosotros”[9].

En la línea de lo expuesto por santo Tomás y recientemente recordado por el santo padre Francisco, san Josemaría consideraba, en efecto, que la misericordia de Dios es la mayor expresión de su omnipotencia[10] Conviene recordar, además, que el fundador del Opus Dei atribuía la omnipotencia divina primeramente a Dios Padre creador, en relación con su particular y viva experiencia de la filiación divina.

LA OMNIPOTENCIA MISERICORDIOSA DE DIOS NO SOLO TOLERA, SINO QUE RECLAMA LA EXISTENCIA DE UNA LIBERTAD REAL POR PARTE DE LOS HOMBRES.

La omnipotencia misericordiosa de Dios no solo tolera, sino que reclama la existencia de una libertad real por parte de los hombres. Libertad que, en el caso de los santos, llega a su plenitud a través de una decidida identificación con la voluntad de Dios. De este modo, regresamos al texto con el que se iniciaba este epígrafe, para retomar el enlace entre la misericordia de Dios y la historia del Opus Dei.

“Siempre afirmo –es la pura verdad– que la historia del Opus Dei habrá que escribirla de rodillas, porque es la historia de las misericordias de Dios. Esto se descubre de modo particularmente claro en mi vida: todo lo ha hecho el Señor. Tengo cincuenta años y sigo cargado de defectos. En la Obra todo lo ha hecho Dios; humanamente hablando, ¿qué había? Sólo buen humor, mucho amor a Jesucristo y a su Iglesia, y afán de perseverar ante lo imposible. El Señor me ha manejado como yo, de niño, manejaba, a los soldaditos de plomo: los llevaba por donde quería, a veces los descabezaba… Así ha obrado conmigo el Señor: me ha conducido por las sendas que Él ha querido, ha permitido que me diesen buenos trastazos, porque me convenían”[11].

El texto muestra con claridad que, para san Josemaría, la afirmación de que “la historia del Opus Dei es la historia de las misericordias de Dios” tiene dos implicaciones principales: la misericordia de Dios se despliega, en primer lugar, en su propia biografía; y en segundo lugar, se manifiesta en el desarrollo del Opus Dei. Dos ámbitos estrechamente relacionados, pero distinguibles.

El fundador del Opus Dei subrayó la acción de la misericordia de Dios en su vida poniendo un particular acento en el modo en el que Dios lo utilizó como instrumento –“todo lo ha hecho Dios”–. Así se refleja en la comparación con el niño que juega con los soldaditos de plomo, como en el siguiente texto, en el que san Josemaría pone de manifiesto la desproporción entre el instrumento y la Obra, entre su realidad personal y la misión encomendada. “Dios continúa actuando sus misericordias y poniendo por obra la historia de susmirabilia (cfr. Sal 76, 15), de sus obras admirables. Y sigue fijando sus ojos en instrumentos desproporcionados, que experimentan aquel mismo sagrado temor y sufren ante la acción del Espíritu Santo, que es espolón de acero exigente, porque hasta aquí lleva Dios, como Maestro, a las almas sin maestro:baja, si quieres subir; pierde, si quieres ganar; sufre, si quieres gozar; muere, si quieres vivir, dice el místico castellano”[12].

Simultáneamente, san Josemaría entendía que la principal manifestación de la misericordia de Dios en su vida no había sido su elección como instrumento de las obras de Dios. Esa manifestación de la misericordia había sido precedida por otra aún mayor, que acentuaba su libertad, evitando toda percepción puramente instrumental de su colaboración con la voluntad de Dios. Para san Josemaría, la gran manifestación de la misericordia de Dios en su vida fue que Él le enseñó a amar “Hijos míos, con la contrición está el Amor: ninguno de estos trabajos, ninguna pena me ha hecho perder elgaudium cum pace, porque Dios me ha enseñado a amar, y nullo enim modo sunt onerosi labores amantium (S. Agustín, De bono viduitatis, 21, 26); para quien ama, el trabajo no es nunca carga pesada. Por esto, lo importante es aprender a amar, porque in eo quod amatur, aut non laboratur, aut et labor amatur (S. Agustín, ibid.): donde hay amor, todo es felicidad. Y ésta ha sido la gran misericordia de Dios: que me ha conducido como a un niño pequeño, enseñándome a amar. Cuando apenas era yo adolescente, arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor, y esa semilla es hoy, hijas e hijos míos, un árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas”[13].

La conjunción entre libertad e identificación con la voluntad de Dios es una dimensión de la vida de san Josemaría que el cardenal Ratzinger resaltó y expresó sintéticamente con las palabras “dejar obrar a Dios”: “Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado”[14].

Estas palabras del cardenal Ratzinger nos permiten pasar desde la dimensión biográfica, en la que contemplábamos el primer campo de expresión de la misericordia de Dios en la vida de san Josemaría, al segundo ámbito indicado anteriormente: el origen y desarrollo del Opus Dei como historia de las misericordias de Dios. Acudamos además a unas palabras suyas, escritas al cumplirse siete años de la fundación de la Obra: “Desde aquel 2 de octubre de 1928, ¡cuántas misericordias del Señor! Hoy lloré mucho. Ahora que todo va muy bien, es cuando me encuentro flojo y como sin fortaleza. ¡Qué claramente se conoce que todo lo has hecho y lo haces tú, Dios mío!”[15]

Son numerosos los textos en los que san Josemaría se refiere a las misericordias de Dios que “jalonan” la historia del Opus Dei, o que han precedido y acompañado sus “pasos”. Sirvan dos a modo de ejemplo. Uno tomado de su predicación: “El recuerdo de las grandes misericordias de Dios que jalonan la historia de nuestra Obra”[16]. El segundo, de uno de sus escritos: “Quiero abriros mi corazón, en esta fiesta del Apóstol de las gentes, para que os llenéis de agradecimiento, al considerar cómo nos ha ido conduciendo el Señor por este camino nuevo que ha dispuesto con el Opus Dei. Toda la historia de la Obra es una historia de las misericordias de Dios. Ni en esta carta, ni en muchos documentos que os escribiera, podría agotar el relato de estas providencias de la bondad de Dios, que han precedido y acompañado siempre los pasos de la Obra”[17].

Intentar enumerar, por tanto, los momentos en los que san Josemaría descubrió la misericordia de Dios en el devenir de su tarea fundacional, sería una empresa imposible para los límites de estas páginas. En todo caso, y como ilustración de lo anteriormente expuesto, se puede hacer referencia a dos facetas de la historia del Opus Dei: su consolidación y expansión y, por otro lado, las incomprensiones sufridas. Porque, paradójicamente, san Josemaría unía con frecuencia estas dos dimensiones de la historia del Opus Dei, precisamente, desde la perspectiva de la misericordia.

“ESTOS CUARENTA Y SIETE AÑOS HAN SIDO LA HISTORIA DE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR. ¡CUÁNTA LABOR, CUÁNTA EXTENSIÓN, CUÁNTAS ALMAS Y EN TODAS PARTES DEL MUNDO!”

He aquí dos textos al respecto. De nuevo, comenzamos eligiendo uno de su predicación: “Y ahora podría seguir hablando de ¡tantas cosas!: de las misericordias de Dios, porque estos cuarenta y siete años han sido la historia de las misericordias del Señor. ¡Cuánta labor, cuánta extensión, cuántas almas y en todas partes del mundo! Jesús ha esparcido la semilla apretándola entre sus manos sangrantes, y hemos ido con deshonra, con difamaciones, con calumnias y con cariño: porque nunca nos ha faltado el cariño de los buenos en todos los sitios. Por la parte que os toca, os doy las gracias; hermanos e hijos míos: gracias, muchas gracias”[18]. Y otro de sus escritos: “Luego han venido, de vez en cuando, pequeñas oleadas de cieno sobre nosotros: la misericordia del Señor, que cuida amorosamente de su Obra, ha querido que esas campañas de difamación nos llenaran de fecundidad. ¡Cuánto bien nos han hecho! Así la Obra y su espíritu y sus métodos de apostolado –toda la doctrina– han quedado no más o menos dibujados, sino esculpidos[19].

Para san Josemaría, la consecuencia de lo expuesto era que la historia del Opus Dei debía ser escrita y leída “de rodillas”. De nuevo, tanto sus escritos, como su predicación nos ofrecen ejemplos de esta expresión. El primero que vamos a citar alude al momento en el que se trate de escribir esa historia. “Con estas Cartas que vengo escribiéndoos, no pretendo hacer la historia interna de la Obra, que se escribirá oportunamente, y que –como he dicho alguna vez– habrá de hacerse de rodillas, porque es la historia de las misericordias del Señor. Pero sí quiero exponer algunos puntos de carácter jurídico y teológico, y hacer algunas consideraciones relacionadas con nuestra historia, que habrán de seros de provecho”[20]. El segundo, en la misma línea, data de sus últimos años sobre la tierra: “Los que se dediquen a escribir la historia interna de la Obra, tendrán que hacerlo de rodillas, porque es la historia de las misericordias de Dios”[21]. El tercero habla más bien de la lectura de esa historia, tal y como él mismo la ha contado en cuanto fundador: “Algunas cosas yo las tenía que escribir, porque me lo mandaba mi confesor; otras, las he escrito yo en conciencia, y aquí están cuantas me pedían. Leedlas sin curiosidad, pero de rodillas, porque es la historia de las misericordias de Dios: la historia interna de la Obra ¡es increíble! Es imposible, es haber hecho un imposible. Ahora todo parece fácil. ¡Un imposible!”[22].

No habrá pasado desapercibido al lector el hecho de que el fundador del Opus Dei, en los tres textos que se acaban de proponer, al referirse a la historia del Opus Dei, utiliza la expresión “la historia interna de la Obra” Pienso que es relevante para nuestro tema intentar entender el significado que san Josemaría daba a esa expresión. Me limitaré a proponer una interpretación que, sin duda, hay que considerar provisional.

Cabría pensar que para san Josemaría, la “historia interna de la Obra” se identifica con la auténtica historia del Opus Dei, que a su vez se identifica con lo que Dios “ha puesto”; recuérdese el “todo lo ha hecho Dios” y expresiones similares, que aparecen en los textos arriba recogidos. San Josemaría fue testigo privilegiado –en sentido estricto cabría incluso decir que fue testigo único– de esa “historia interna de la Obra”, que él vivió y transmitió luego al Opus Dei, al entregarle, en su conjunto, lo que habitualmente se designa como carisma propio o espíritu del Opus Dei. Es decir, la “historia interna de la Obra” sería el resultado del proceso de decantación que el fundador llevó a cabo, a lo largo de su vida, para ir dando forma y encarnando con fidelidad en instituciones, normas y costumbres, modos apostólicos y estilos de vida, la luz que recibió el 2 de octubre de 1928 y otras sucesivas. La misericordia de Dios se habría manifestado en la utilización de un instrumento “inepto y sordo”, como en ocasiones se definía a sí mismo, para hacer su Obra. Dios “escribe con la pata de una mesa”, o “escribe derecho con renglones torcidos”, son expresiones del fundador que se pueden leer en este contexto. La “historia interna de la Obra” sería, en suma, la historia de la acción de Dios en san Josemaría y, a través de él, en el constituirse del Opus Dei.

Desde otra perspectiva, se podría decir que la “historia interna de la Obra” se distingue en la mente de su fundador de lo que podríamos calificar, en lenguaje académico, una “historia del Opus Dei”, en la que entran las consecuencias de las acciones puramente humanas de sus integrantes, también las limitaciones, los errores y las infidelidades. Es decir, también lo que no puede entrar en el “todo lo ha hecho Dios”, o, dicho de otro modo, la debilidad e incluso la infidelidad en cuanto tales y no en cuanto transformadas por la misericordia divina y convertidas en instrumento de esa misericordia. Obviamente, para alcanzar la perspectiva “interna” es necesaria una lectura teológica de los acontecimientos, que es la que lleva a cabo san Josemaría. No sería suficiente una aproximación “simplemente” histórica. Al mismo tiempo, conviene destacar que estamos hablando de dos historias distintas, pero no contrapuestas. Es más, deberían ser dos historias compatibles; pues se trata, en realidad, de dos aproximaciones a una misma realidad sobrenatural y humana. Haciendo una analogía, que me parece pertinente al caso, se podría pensar en el historiador de la Iglesia que debe integrar en su relato tanto la santidad, que proviene de lo que “Dios pone” en su Iglesia a través de la fidelidad de los santos –de todo cristiano en cuanto que santo–, como los límites que también los cristianos introducen a través de sus imperfecciones e infidelidades. Al fin y al cabo, hablar de hacer historia del Opus Dei, en el sentido académico de la expresión, es hablar de hacer Historia de la Iglesia, con todas sus posibilidades y sus límites[23].

En cualquier caso, con independencia de la cuestión suscitada, pienso que los textos recogidos en las páginas anteriores muestran con claridad la hondura con que san Josemaría consideró el origen y la maduración del Opus Dei como una “historia de las misericordias de Dios”. Una misericordia que se manifestó en su propia vida, en su tarea como fundador, en el surgir del Opus Dei, en los rasgos de su espíritu, en su consolidación y extensión, e incluso en las incomprensiones que acompañaron ese proceso.

Al mismo tiempo, habría que añadir que las consideraciones de san Josemaría sobre la relación entre el Opus Dei y la misericordia de Dios no se limitan a esta dimensión, que podríamos llamar historia del hacerse del Opus Dei. En la mente de san Josemaría, el Opus Dei, que nace y madura por misericordia de Dios, se convierte, a su vez y de modo inseparable, en instrumento para hacer presente en el mundo, entre los hombres, esa misma misericordia. Ocupémonos ahora de este punto.

2. El Opus Dei como instrumento de la misericordia de Dios en la historia de los hombres

Los textos propuestos hasta el momento permiten intuir que para san Josemaría la misericordia de Dios no se ha expresado solo en las bondades que jalonan la historia del Opus Dei desde su inicio y en su desarrollo: “cómo nos ha ido conduciendo el Señor por este camino nuevo que ha dispuesto con el Opus Dei”. Para san Josemaría, la misericordia de Dios se manifiesta también, y en un sentido aun más fuerte, cuando ve el Opus Dei en la Iglesia, cumpliendo la misión en el mundo a la que Dios lo convoca. Como ya quedó apuntado, la misericordia de Dios, que alcanza su ápice en la redención, es una manifestación de la potencia divina mayor que la creación originaria. Lo que no es nada, o menos que nada –el hombre en su condición pecadora–, se convierte en instrumento de redención (1 Co 1, 27-28).

Además, para el fundador del Opus Dei, la misericordia de Dios se manifiesta no solo en la posibilidad de convertirse en instrumento de redención, sino también en la llamada a llevar a cabo esa misión, precisamente en medio del mundo. Ilustramos estas afirmaciones con dos textos de san Josemaría.

EL CORAZÓN DEL SEÑOR ES CORAZÓN DE MISERICORDIA, QUE SE COMPADECE DE LOS HOMBRES Y SE ACERCA A ELLOS.

En el primero, san Josemaría se dirige de modo específico a los fieles del Opus Dei, para recordarles que deben saberse, en virtud de la gracia, receptores de la misericordia, y vivir de acuerdo con ese don, pues solo así podrán ser instrumentos de misericordia, mediante una labor llevada a cabo con responsabilidad y con un delicado respeto a la libertad de todos los hombres. “Todos los días, hijos queridísimos, deben presenciar nuestro afán por cumplir la misión divina que, por su misericordia, nos ha encomendado el Señor. El corazón del Señor es corazón de misericordia, que se compadece de los hombres y se acerca a ellos. Nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no sólo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda. Porque nos ha llamado a santificarnos en la vida corriente, diaria; y a que enseñemos a los demás –providentes, non coacte, sed spontanee secundum Deum (1 P 5, 2), prudentemente, sin coacción; espontáneamente, según la voluntad de Dios– el camino para santificarse cada uno en su estado, en medio del mundo”[24].

En el segundo texto, san Josemaría habla de “nosotros, los cristianos”, reforzando la idea de que los miembros del Opus Dei son “cristianos corrientes”, exponiendo la misión del bautizado en la santificación del mundo desde dentro. “Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos –porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que Él así lo ha dispuesto en su misericordia infinita–, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención: venit enim Filius hominis –y nosotros hemos de seguir los vestigios del Señor– salvare quod perierat (Mt 18, 11); Jesús vino para salvar a todos los hombres. Siendo Él la vida, la verdad y el camino (cfr. Jn 14, 6), quería enseñar el camino, la verdad y la vida a todos los hombres, en todos los tiempos”[25].

San Josemaría descubría la misericordia de Dios también en otros rasgos del espíritu del Opus Dei. Así por ejemplo, en lo que cabría denominar el “estilo” de la formación en la Obra, que desarrolla su acción formativa en un contexto de fraternidad y de familia: “Jesús va detrás de la oveja descaminada con una palabra de cariño y de consuelo, con una indicación clara de tus Directores, con el afecto de tus hermanos, con una corrección llena de sentido sobrenatural y humano, con una lectura que remueve…”[26]. O en el modo en el que ese espíritu armoniza lo divino y lo humano: “Debéis estar muy agradecidos a Dios, porque nos ha dado esta espiritualidad tan sincera y sencillamente sobrenatural, y a la vez tan humana, tan cerca de los nobles quehaceres terrenos. Es gracia muy especial –luz de Dios, os decía–, que por su misericordia hemos recibido, y que con humilde fidelidad hemos de transmitir a otras muchas almas”[27].

Para terminar esta breve caracterización de la misión y de la vida del Opus Dei, desde la perspectiva de la misericordia, conviene hacer referencia a la confesión, sacramento de la misericordia por excelencia. El sacramento de la reconciliación ocupa, en la predicación de san Josemaría, un lugar prominente. La misericordia es, aquí, la expresión del amor de un Padre que ama infinitamente a sus hijos y que les perdona siempre cuando acuden a Él con humildad (expresada en la contrición). Tanto el espíritu como la pastoral del Opus Dei están imbuidos de este convencimiento. Así lo reflejó san Juan Pablo II, en diversas ocasiones, al referirse al carisma de la confesión que él advertía en el Opus Dei: “La próxima canonización de Juan Pablo II me recuerda –escribía Mons. Echevarría hace poco– con cuánta frecuencia este santo Pontífice comentaba que los fieles de la Prelatura del Opus Dei han recibido el carisma de la Confesión: una gracia especial de Dios para acercar a muchas almas a este tribunal de misericordia y de perdón, y así recuperar la alegría cristiana”[28]

EL OPUS DEI SERÁ INSTRUMENTO DE LA MISERICORDIA DE DIOS PARA CON LOS HOMBRES, EN LA MEDIDA EN QUE SUS FIELES ACOJAN LA MISERICORDIA DE DIOS Y TRANSMITAN CON “HUMILDE FIDELIDAD”

Los textos de san Josemaría que podrían ilustrar este rasgo del espíritu y la praxis pastoral del Opus Dei son muy numerosos. Proponemos solamente uno, dirigido a un grupo de fieles del Opus Dei que se disponían a recibir la ordenación sacerdotal. “Os vais a ordenar, hijos míos, para administrar los Sacramentos y para predicar la Palabra de Dios. Especialmente el Sacramento de la Penitencia ha de ser para vosotros pasión dominante: habréis de dedicar muchas horas a administrarlo en el confesonario, mediante la confesión auricular, urgidos en vuestra caridad por el amor misericordioso de Jesús, reproduciendo en vosotros de este modo la imagen divina del Buen Pastor, que busca una a una las ovejas”[29].

En suma, para san Josemaría, el Opus Dei será instrumento de la misericordia de Dios para con los hombres, en la medida en que sus fieles acojan la misericordia de Dios y transmitan con “humilde fidelidad”, mediante sus propias vidas, lo que han recibido.

Conclusión

La reflexión llevada a cabo sobre los textos de san Josemaría en torno a la historia del Opus Dei, recogidos en las páginas precedentes, pone de manifiesto que la percepción de la misericordia divina estuvo muy presente, no solo en su vida personal, sino en la lectura que como fundador llevó a cabo del nacimiento, maduración y expansión de la Obra. Parece claro que la misericordia de Dios y la existencia del Opus Dei en la Iglesia se funden en el pensamiento de su fundador y que esta fusión ofrece una clave de lectura fecunda para aproximarse a su historia.

La historia del Opus Dei como historia de las misericordias de Dios y el Opus Dei como instrumento de la misericordia de Dios en la historia de los hombres son dos líneas que estructuran ese pensamiento de san Josemaría. El engarce entre misericordia de Dios e historia del Opus Dei –y análogamente, historia de la Iglesia– se podría sintetizar del siguiente modo. A nivel personal, la máxima expresión de la misericordia de Dios es que Él ama y enseña a amar. El hecho de que el fiel del Opus Dei –y todo cristiano– haya sido convertido en instrumento de corredención, a pesar de las personales limitaciones, es también manifestación de la misericordia, así como el hecho de ser llamado a llevar a cabo esta misión en medio del mundo. Ser hijo de la Iglesia y ser llamado a esa concreción de la vivencia cristiana que es la llamada al Opus Dei es ser receptor de la misericordia de Dios, y, a la vez, ser constituido en instrumento para difundir misericordia en el mundo, viviendo en ese mundo.

La misericordia de Dios es, por tanto, no solo una importante dimensión en la experiencia espiritual de san Josemaría, sino una realidad que se presenta en su pensamiento como la razón de ser del Opus Dei en su conjunto y, a fin de cuentas, de la Iglesia en cuanto tal

Federico M. Requena
Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer

San José en la vida cristiana y en las enseñanzas de san Josemaría

Opus Dei - San José en la vida cristiana y en las enseñanzas de san Josemaría

La devoción a san José estuvo hondamente enraizada en el alma de san Josemaría desde muy joven. Recordando cómo en 1934 había encomendado al santo Patriarca las gestiones para conseguir que se le concediera el primer sagrario, comentaba en 1971: En el fondo de mi alma tenía ya esta devoción a san José, que os he inculcado[2]. Esta devoción está presente, sólida y clara, en escritos de 1933 —aunque san Josemaría la vivía ya desde tiempo atrás, como se puede ver en Santo Rosario, de 1931— y se mantiene viva y cálida hasta el final de su vida, experimentando un crecimiento notable en sus últimos años[3].

1. Introducción

En los tres puntos que dedica en Camino a la devoción a san José, aparecen ya algunas de las razones teológicas en que fundamenta esta devoción. En el número 559, escribe: San José, padre de Cristo, es también tu Padre y tu Señor. —Acude a él[4]. Es significativa la fuerza con que llama aquí a san José padre de Cristo. Más adelante, en una homilía del 19-III-1963, dedicada íntegra a san José[5], explicitará el sentido en que habla de esta paternidad siguiendo la conocida consideración de san Agustín en el Sermo 51, 20: El Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios[6]. Para san Josemaría, la paternidad de san José sobre Jesús no es una paternidad según la carne, pero es una paternidad real y única, que brota de su verdadero matrimonio con santa María y de su especialísima misión, y que es la razón de que también la Iglesia y cada uno de los cristianos le invoquen como «Padre y Señor».

En esa misma homilía que acabamos de citar, dice san Josemaría: desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: nuestro Padre y Señor[7]. Y explica: San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre[8]. En la edición crítico-histórica de Camino, anota Pedro Rodríguez que san Josemaría pudo tomar la expresión Padre y Señor de santa Teresa de Jesús, que tanto influyó en la devoción a san José no sólo en el Carmelo, sino en toda Iglesia[9].

En Camino, las consecuencias de esta «paternidad» se concentran en el magisterio de san José sobre la «vida interior». Dice el n. 560: Nuestro Padre y Señor san José es maestro de la vida interior. —Ponte bajo su patrocinio y sentirás la eficacia de su poder. Y el n. 561: De san José dice santa Teresa, en el libro de su vida: “Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino”. —El consejo viene de alma experimentada. Síguelo. La razón que aduce san Josemaría para apoyar estos dos consejos es el trato íntimo y continuado que san José mantuvo con Jesús y con María a lo largo de toda su vida.

Los tres números citados de Camino sitúan el pensamiento de san Josemaría sobre san José en dos coordenadas esenciales: la verdad de su paternidad sobre Jesús y la influencia del santo Patriarca en la historia de la salvación. Estos números testimonian ya desde sus primeras manifestaciones un pensamiento josefológicomaduro y una convicción teológica firme. Así se ve en la sencilla firmeza con que llama a san José «padre» de Jesús sin vacilación alguna[10].

2. Una sólida tradición anterior

Con la sobriedad en el decir y con la precisión de lenguaje que le caracterizan, san Josemaría se sabe inserto en una sólida tradición eclesial de teología y devoción al santo Patriarca. Su pensamiento sobre san José es rico, sólido y constante, y en él afloran, junto con la iniciativa propia de una delicada piedad movida por el Espíritu Santo, una magnífica información de las cuestiones teológicas concernientes a san José, y la conciencia de estar pisando terreno seguro[11].

Como es bien sabido, en 1870, Pío IX por el decreto Quemadmodum Deus (8-XII-1870) había declarado a san José patrono de la Iglesia Universal, y el 15 de agosto de 1889, León XIII había publicado su encíclica Quamquam pluries dedicada al santo Patriarca. En esta encíclica, de gran vigor de pensamiento, se recogen las líneas fundamentales de la teología de san José precisamente al aducir las razones por las que debe ser considerado patrono de la Iglesia Universal.

La primera razón que menciona el Papa es que san José es el esposo de santa María y, en consecuencia, es padre de Jesús, el cual es un bien —bonum prolis— de este matrimonio. En el texto del pontífice, la verdad del matrimonio entre santa María y san José está fuera de toda duda y lleva directamente a la verdad de la paternidad de san José sobre Jesús. Ambas realidades —matrimonio y paternidad— constituyen dos rasgos esenciales de la vocación divina de san José: él ha sido llamado para desempeñar estas dos tareas queridas en sí mismas por Dios, en su propio valor. En esta vocación encuentran su razón de ser las demás gracias recibidas por san José; en ella se encuentra, pues, la razón última de «su dignidad, de su santidad y de su gloria»[12].

En el planteamiento de León XIII, el matrimonio de san José con la Virgen es la razón última de todo lo que acompaña a la figura de san José, porque la verdad y perfección de este matrimonio «exige» la participación en sus bienes y, en concreto, en el bien de la prole, aunque la prole haya sido engendrada virginalmente. El Papa llama a este matrimonio «máximo consorcio y amistad al que de por sí va unida la comunidad de bienes», y dice que san José ha sido entregado a la Virgen no sólo como «compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad», sino también comopartícipe de su «excelsa grandeza». Él es, pues, «custodio legítimo y natural de la Sagrada Familia»[13].

León XIII sigue en esto una línea de pensamiento, expresada ya por san Ambrosio y san Agustín, que encuentra una de sus formulaciones más perfectas en santo Tomás de Aquino: entre santa María y san José hubo verdadero y perfecto matrimonio. Dada la virginidad perpetua de santa María, algunos escritores antiguos encontraron cierta dificultad en considerar esta unión como un verdadero matrimonio[14]. Estas vacilaciones se disiparon a favor de la autenticidad del matrimonio, entre otras causas, por la decidida toma de posición de san Ambrosio[15] y de san Agustín[16]. Esto no impide que autores tan importantes como san Bernardo (+1153) se hayan mostrado muy cautos ante la afirmación del matrimonio entre san José y santa María, o no lo hayan valorado como elemento fundamental en la teología josefina[17]. La posición de santo Tomás de Aquino (+1274) no ofrece lugar a dudas: la unión entre José y María fue verdadero y perfecto matrimonio, porque en él tuvo lugar la unión esponsal entre sus espíritus[18].

Conviene no olvidar que considerar la unión entre José y María como verdadero matrimonio se ajusta al lenguaje del Nuevo Testamento, que no vacila en llamar a santa María «mujer» de José: ni hay ambigüedades en torno a la virginidad de santa María incluso en aquellos lugares en que se le llama esposa de José (cf., p.ej., Mt 1, 16-25), ni hay dudas en llamar a José padre de Jesús, ni en mostrarlo actuando como tal (cf., p.ej., Lc 2, 21-49).

3. La figura de san José en las enseñanzas de san Josemaría

Desde los primeros escritos, san Josemaría describe la figurade san José como un hombre joven, quizás un poco mayor que santa María, pero en la plenitud de la fuerza y de la vida: El santo Patriarca no era un viejo, sino un hombre joven, fuerte, recio, gran amante de la lealtad, con fortaleza. La Sagrada Escritura le define con una sola palabra: justo (cf. Mt 1, 20-21). José era un varón justo, un hombre lleno de todas las virtudes, como convenía al que había de ser el protector de Dios en la tierra[19].

En el subsuelo de esta descripción se encuentra la convicción de que Dios, al dar la vocación, otorga las gracias convenientes a quien las recibe y que, por tanto, adornó a san José con aquellas dotes de la naturaleza y de la gracia que le hicieron un digno esposo de santa María y cabeza de la Sagrada Familia; está claro también que, de modo análogo a la Virgen Santísima, el papel de san José no es algo accidental, sino parte esencial del plan divino de la salvación.

En la predicación de san Josemaría, el subrayado en la juventud de san José se apoya, además, en tres razones fundamentales: en el sentido común a la hora de leer la Sagrada Escritura (en todo momento se presentan sus desposorios como unos desposorios normales, y no hubiera sido lo más normal el matrimonio de una joven con un anciano), en la consideración de la comunión de espíritus propia del matrimonio (del amor existente entre ellos) y, sobre todo, en la convicción de que la santa pureza no es cuestión de edad, sino que brota del amor: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a san José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de san José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió junto a ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas[20]. Para san Josemaría resulta «inaceptable» presentar a san José como un hombre anciano con el fin de hacer callar a los malpensados[21]. Igualmente resultaría inaceptable no sólo dudar de la verdad de su matrimonio con santa María, sino también el no tomar en consideración el amor existente entre ellos.

3.1. El amor entre san José y la Virgen

Mons. Javier Echevarría aporta un valiosísimo testimonio del modo en que san Josemaría contemplaba las relaciones entre María y José, al recoger sus palabras ante la Virgen de Guadalupe: Una familia compuesta por un hombre joven, recto, trabajador, recio; y una mujer, casi una niña que, con su desposorio lleno de un amor limpio, encuentran en sus vidas el fruto del amor de Dios a los hombres. Ella pasa por la humildad de no decir nada: ¡qué lección para todos, que estamos siempre dispuestos a entonar nuestras hazañas! Él se mueve con la delicadeza de un hombre recto —¡el momento sería muy duro cuando conoció que su mujer, santa, estaba de buena esperanza!—, y como no desea manchar la reputación de aquella criatura se calla, mientras piensa cómo arreglar las cosas hasta que llega la luz de Dios, que indudablemente pediría desde el primer momento, y se acomoda sin vacilar a los planes del Cielo[22].

La autenticidad del matrimonio lleva consigo la existencia de amor conyugal, de ilusión de vida en común, de compromiso, y lo lógico es pensar que estos rasgos estuvieron muy presentes en el matrimonio entre José y María. Dios añadió a ese amor el fruto de santa María: el Hijo Eterno hecho hombre, que quiso nacer en una familia humana.

Como venimos diciendo, san Josemaría da por supuesto que el matrimonio entre san José y la Virgen es verdadero matrimonio. Parte de aquí como de un dato seguro, y se adentra por la consideración del amor existente entre ambos cónyuges: San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Sólo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios[23].

Para san Josemaría, el amor es la clave en toda vida humana, y lo es también en la vida de José: en él está la razón de su fortaleza, de su fidelidad, de su castidad. Un poco más adelante, añade: ¿Os imagináis a san José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo! Sólo la revelación de Dios nuestro Señor, por medio de un ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?[24].

Aunque no se detiene en el motivo de la turbación de José, san Josemaría está insinuando que consiste en el «no ver», no en el hecho de que dudase de la virtud de su esposa. No sabe qué hacer: José era un varón justo, un hombre lleno de todas las virtudes, como convenía al que había de ser el protector de Dios en la tierra. Al principio se turba, cuando descubre que su Esposa Inmaculada se halla encinta. Advierte el dedo de Dios en aquellos hechos, pero no sabe cómo comportarse. Y en su honradez, para no difamarla, piensa despedirla en secreto[25].

El dolor de José apunta hacia el hecho mismo de tener que abandonar a su esposa. San Josemaría se atiene sobriamente a los datos que ofrece el Nuevo Testamento, leyéndolos con fe y con sentido común: según los textos, la turbación de san José es clara; esa turbación se debe a una ignorancia que será despejada con el mensaje del ángel; el amor y el conocimiento que José tiene de María, le llevan a pensar que en ese acontecimiento, que no entiende, está el dedo de Dios. San Josemaría insinúa aquí lo que bastantes exégetas han pensado: que la duda de José versa, no sobre la honradez de santa María, sino en cómo debe comportarse pensando en que hay algo divino por medio[26].

Y siempre el amor por medio, pues san Josemaría no duda de que había auténtico amor conyugal entre ellos[27]. Más aún, la castidad de José aparece protegida por ese amor, que se fundamenta en la fe: Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él —un carpintero de Galilea—, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres[28].

Esto significa que, en medio del claroscuro de la fe, san José alcanza a intuir también algo de la grandeza de su misión.

3.2. La paternidad de José

En san Josemaría, no existe vacilación alguna en cómo expresar la paternidad de san José. Desde los primeros escritos hasta el final, le llama padre de Jesús sin más matizaciones. Puede decirse que su pensamiento con respecto a la teología de san José se inscribe en las coordenadas de dos Padres: san Juan Crisóstomo y san Agustín. De san Juan Crisóstomo cita un texto que pone en boca de Dios estas palabras: «No pienses que, por ser la concepción de Cristo obra del Espíritu Santo, eres tú ajeno al servicio de esta divina economía. Porque, si es cierto que ninguna parte tienes en la generación y la Virgen permanece intacta; sin embargo, todo lo que dice relación con la paternidad sin atentar a la dignidad de la virginidad, todo eso te lo entrego a ti, tal como imponer nombre al hijo»[29]. De san Agustín, san Josemaría cita, como se ha visto, el Sermón 51[30].

El ejercicio de la paternidad sobre Jesús constituye parte esencial de una «misión» que llena toda la vida de José: Tiene una misión divina: vive con el alma entregada, se dedica por entero a las cosas de Jesucristo, santificando la vida ordinaria[31]. Aquí radica uno de los principales atractivos que ejerce el santo Patriarca sobre san Josemaría: su total entrega a Jesucristo santificando la vida ordinaria, es decir, en el ejercicio de los quehaceres propios de su oficio y como un buen padre de una familia judía de su época.

San Josemaría ofrece en Es Cristo que pasa una larga descripción de la relación paterno-filial que tiene lugar entre san José y nuestro Señor. Es una página hermosa, sobria y piadosa, en la que se presta atención a los detalles: Para san José, la vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación. Recordábamos antes aquellos primeros años llenos de circunstancias en aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad de los Magos y pobreza del portal, canto de los ángeles y silencio de los hombres. Cuando llega el momento de presentar al Niño en el Templo, José, que lleva la ofrenda modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre escuchaban con admiración (Lc 2, 33), dice San Lucas. Más tarde, cuando el Niño se queda en el Templo sin que María y José lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de tres días de búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron (Lc 2, 48). José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos (…) San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos[32].

He aquí la vida interior de san José descrita como una auténtica peregrinación en la fe, en cierto sentido, muy parecida a la de santa María. Ambos, María y José, van descubriendo la voluntad de Dios poco a poco, y van haciendo realidad su primera entrega en una fidelidad con la que se confortan mutuamente. Al mismo tiempo, en ejercicio de su paternidad, José transmite a Jesús su oficio de artesano, su modo de trabajar, incluso en tantas cosas su visión del mundo: Pero si José ha aprendido de Jesús a vivir de un modo divino, me atrevería a decir que, en lo humano, ha enseñado muchas cosas al Hijo de Dios (…) José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius (Mc 6, 3; Mt 13, 55): artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios? Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José[33].

He aquí la paradoja, y san Josemaría es bien consciente de ella: aquel que es la Sabiduría «aprende» de un hombre las cosas más elementales, como el oficio de carpintero. Se manifiesta en esta paradoja la «sublimidad del misterio» de la Encarnación y la verdad de la paternidad de José. Con su Madre, el Señor aprendió a hablar y a andar; en el hogar regido por san José, aprendió lecciones de laboriosidad y de honradez. El mutuo cariño hizo que José y Jesús se pareciesen en muchas cosas:No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2, 52)[34].

3.3. San José, Maestro de vida interior en el trabajo

San José supo enseñar a Jesús con las lecciones con que todo buen padre israelita sabía educar a su hijo: lecciones de vida limpia y de sacrificio, de virtudes humanas y de trabajo ofrecido a Dios y bien acabado; lecciones de vida sobria, justa y honesta. San José nos enseñará también a nosotros que formamos un mismo Cuerpo con Cristo. José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de Él con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como maestro de vida interior? La vida interior no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con Él. Y José sabrá decirnos muchas cosas sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca su devoción, ite ad Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una frase tomada del Antiguo Testamento (Gn 41, 55)[35].

Dos características de la vida de san José atraen poderosamente el afecto de san Josemaría: su vida de contemplación y su vida de trabajo. Es lógico, pues ambos rasgos son esenciales en el espíritu del Opus Dei. En la fiesta de Epifanía de 1956 decía: Y un último pensamiento para ese varón justo, nuestro Padre y Señor san José, que, en la escena de la Epifanía, ha pasado, como suele, inadvertido. Yo lo adivino recogido en contemplación, protegiendo con amor al Hijo de Dios que, hecho hombre, le ha sido confiado a sus cuidados paternales. Con la maravillosa delicadeza del que no vive para sí mismo, el santo Patriarca se prodiga en un servicio tan silencioso como eficaz. Hemos hablado hoy de vida de oración y de afán apostólico. ¿Qué mejor maestro que san José? Si queréis un consejo que repito incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Ioseph (Gn 41, 55), acudid a san José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos y divinos de acercarnos a Jesús. Y pronto os atreveréis, como él hizo, a llevar en brazos, a besar, a vestir, a cuidar a este Niño Dios que nos ha nacido[36].

La cita interna está tomada de la oración a san José preparatoria a la santa Misa contenida en el misal romano[37]. Esta oración pone como ejemplo la contemplación de san José en la cercanía de Jesús que, en su sencillez, es buen exponente de la inmediatez con que el cristiano ha de contemplar la vida de Jesús.

Enamora a san Josemaría la vida de trabajo de José y lo considera maestro de vida interior en esa vida de trabajo intenso y humilde porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con Él, a sabernos parte de la familia de Dios, y nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de reflexión y de alegría[38]. La figura de san José habla también de la universalidad de la llamada al apostolado: él supo convertir el trabajo en ocasión de «dar a conocer a Jesús».

Gran parte de la homilía En el taller de José está dedicada a este tema: el espíritu del Opus Dei se apoya, como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios[39]. La figura de san José se destaca como la de aquel que ha sabido dar al trabajo su dimensión propia en la historia de la salvación.

Es aquí, en el ofrecimiento a Dios del propio trabajo, donde el cristiano ejercita el sacerdocio que ha recibido en el bautismo. Comentando la oración a san José que se acaba de citar, dice: «Deus qui dedisti nobis regale sacerdotium… Para todos los cristianos, el sacerdocio es real (…): todos tenemos alma sacerdotal. Praesta, quaesumus ut, sicut beatus Ioseph unigenitum Filium tuum, natum ex Maria Virgine, (…) suis manibus reverenter tractare meruit et portare, (…) ita nos facias cum cordis munditia… Así, así quiere Él que seamos: limpios de corazón.Et operis innocentia —la inocencia de las obras es la rectitud de intención— tuis sanctis altaribus deservire. Servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[40].

Es propio del sacerdote santificar. La santificación del trabajo tiene lugar como ejercicio del sacerdocio de los fieles, pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en hostias espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (1P 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre[41].

Entre los gestos de devoción a san José se destaca uno con el que san Josemaría se inserta también en una rica tradición anterior: la comparación del santo Patriarca con José, el hijo de Jacob, que prodigó el pan a los habitantes de Egipto y a los hijos de Israel. Esta comparación viene potenciada por un hecho que le llega profundamente al corazón: porque «buscar el pan» es característico del padre de familia —somos de la familia de san José—, y porque el pan de que se habla es la sagrada Eucaristía. Los textos más vibrantes sobre este tema se encuentran al evocar los acontecimientos que rodean la obtención del permiso para reservar al Señor en la primera residencia de estudiantes.

He aquí cómo recuerda este suceso: En 1934, si no me equivoco, comenzamos la primera residencia de estudiantes (…) Necesitábamos tener al Señor con nosotros, en el tabernáculo. Ahora es fácil, pero, entonces, poner un sagrario era una empresa muy difícil (…) Comencé a pedir a san José que nos concediera el primer sagrario, y lo mismo hacían los hijos míos que tenía entonces alrededor. Mientras encomendábamos este asunto, yo trataba de encontrar los objetos necesarios: ornamentos, tabernáculo… No teníamos dinero. Cuando reunía cinco duros, que entonces era una cantidad discreta, se gastaban en otra necesidad más perentoria. Logré que unas monjitas, a las que quiero mucho, me dejaran un sagrario; conseguí los ornamentos en otro sitio y, por fin, el buen obispo de Madrid nos concedió la autorización para tener el Santísimo Sacramento con nosotros. Entonces, como señal de agradecimiento, hice poner una cadenilla en la llave del sagrario, con una medallita de san José en la que, por detrás, está escrito: ite ad Ioseph! De modo que san José es verdaderamente nuestro Padre y Señor, porque nos ha dado el pan —el pan eucarístico— como un padre de familia bueno. ¿No he dicho antes que nosotros pertenecemos a su familia?»[42].

San José, dador del pan para la Sagrada Familia, es también dador del pan para la Iglesia. Desde el cielo, él sigue ejerciendo su paternidad sobre quienes forman en Cristo un mismo Cuerpo Místico. Con el correr de los años, esta consideración fue haciéndose cada vez más viva, enraizándose progresivamente en el alma de san Josemaría. El Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo, refiere este recuerdo del viaje por algunos países de América del Sur en 1974: «Durante aquel viaje, nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa —”inefable”, decía— de María y José junto a los sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta “cárcel de amor” que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a san José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y junto a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! (…) En definitiva, nuestro Padre[43] metía a san José en todo»[44].

En conclusión, la piedad de san Josemaría hacia san José y su visión teológica de la figura y de la misión del santo Patriarca están fundamentadas en su meditación de la Sagrada Escritura —en su lectura cristiana de la Biblia—, en los santos padres, especialmente san Juan Crisóstomo y san Agustín, y en lo que constituyen las líneas de fuerza de la teología de san José en el magisterio pontificio anterior, especialmente en el de León XIII. La teología mariana se suele vertebrar en torno a la verdadera maternidad de santa María (su maternidad sobre Cristo y sobre todos los hombres); así sucede de modo análogo con la teología de san José, tal y como la encontramos expresada en las enseñanzas de san Josemaría: toda ella está vertebrada en torno a tres ejes fundamentales: la verdad de su matrimonio con santa María, la verdad de su paternidad sobre Jesús, su misión de custodio de la Sagrada Familia primero, y de la Iglesia después. Dentro de estas coordenadas, el lector atento encuentra como un amoroso avance en el «descubrimiento» de pequeños detalles, aplicaciones y matices que duraron hasta el final de su vida, como se pone de relieve, por ejemplo, en el testimonio del Venerable Siervo de Dios Álvaro del Portillo que se acaba de citar.

“Dos temas capitales: ellas y los sacerdotes”.

Opus Dei - Un profundo agradecimiento

Así se expresaba san Josemaría en 1940. Porque la llamada a la santidad es universal, desde 1930 y 1943 Dios mostró que el camino del Opus Dei es para todos. Recogemos los textos de la biografía escrita por Vazquez de Prada que relatan esos años.

EL 14 DE FEBRERO DE 1930

Evidentemente, el 2 de octubre de 1928 no «vio» ni los sucesos ni los detalles históricos sino el núcleo esencial del mensaje divino. ¿Es imaginable que en tales circunstancias, con la repugnancia que sentía a fundar nada nuevo, y sin iluminaciones prácticas para dar nuevos pasos en la fundación, se empeñase en meter mujeres en la empresa? Al menos tenía —en opinión personal— una idea propia, clara y tajante: las mujeres no estaban llamadas a formar parte de esa organización [1] .

No tardó mucho el Señor en enmendar ese criterio restrictivo.

Pasó poco tiempo —escribirá en sus Apuntes íntimos : el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi , pero sí que intelectualmente , con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual ), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesionario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás [2] .

Ese 14 de febrero aprendió intelectualmente, y con detalle, lo concerniente a las mujeres: algo que ya estaba implícito en la visión general del 2 de octubre. Allí terminaron los titubeos y la indagación sobre instituciones semejantes:

Anoté, en mis Catalinas, el suceso y la fecha: 14 feb. 1930. Después me olvidé de la fecha, y dejé pasar el tiempo, sin que nunca más se me ocurriera pensar con mi falsa humildad (espíritu de comodidad, era: miedo a la lu­cha) en ser soldadito de filas: era preciso fundar, sin duda alguna [3] .

Una y otra fundación le cogieron desprevenido. Sobre todo la de mujeres: con la mente falta de iluminación y con la voluntad dividida entre el querer y el no saber. Y, al final, una opinión en firme, excluyendo a las mujeres. ¿No se hacía con ello todavía más patente el origen divino de la Obra? Así lo reconoció el Fundador:

Siempre creí yo —y creo— que el Señor, como en otras ocasiones, me trasteó de manera que quedara una prueba externa objetiva de que la Obra era suya. Yo: ¡no quiero mujeres, en el Opus Dei! Dios: pues yo las quiero [4] .

Con las paradojas fundacionales compuso, en su día, un inspirado ramillete, pues no habían acabado todavía las sorpresas:

La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola [5] .

EL 14 DE FEBRERO DE 1943

En la primavera de 1940, en que despertaban por todas partes las ya conocidas incomprensiones, el Fundador tenía la cabeza llena de proyectos que, a fuerza de darles vueltas y más vueltas en su meditación, se encontraban ya maduros. Funcionaban por entonces en Madrid la Residencia de Jenner y el piso de Martínez Campos; el Cubil, en Valencia; el Rincón, en Valladolid; y estaba a punto de instalarse un piso en Barcelona. Esta expansión apostólica se había realizado a los doce meses de salir de una guerra civil, con el escaso plantel de una docena de hombres y sin otros medios que un santo celo apostólico, porque no disponía de dinero. Todo ello a costa de una vida ajetreada y agotadora, viajando sin parar por las diócesis del centro y norte de España para predicar ejercicios espirituales al clero, a petición de los obispos.

En medio de la actividad, y de los frutos obtenidos, el Fundador experimentaba una creciente inquietud de fondo ante el panorama que se abría a su vista. En sus avances había atendido demasiados frentes. Se había desbordado. De manera que resultaba desaconsejable continuar avanzando, pues el conjunto de la Obra podía desarticularse. Vio claramente el peligro, porque en una anotación de mayo de 1940, después de referirse a las muchas novedades apostólicas recientes, y como para quitarse un peso de encima, escribe:

Mi gran preocupación es la parte femenina de la Obra. Después, la “casa de estudios” para los nuestros, y los futuros Sacerdotes. In te, Domine, speravi! [6] .

De nuevo insiste en una carta de julio de 1940, dirigida a sus hijos de Madrid. Acabada la carta, a renglón seguido después de la firma, y como si se le hubiera olvidado algo, escribe sin dar más explicaciones: Dos temas capitales: ellas, y los Sacerdotes [7] .

Seis años empleó —según queda visto— para resolver el problema fundamental del asentamiento de las mujeres en la estructura viva de la Obra. De otro modo no hubiese podido salir adelante. Porque la presencia de las mujeres, al igual que la de los sacerdotes, era esencial a la vida de la Obra; esto es, a su dinamismo. Recordemos los esfuerzos y zozobras de don Josemaría en los años treinta para formar a las mujeres de la Obra; y la posterior disolución del primer grupo. Algo semejante sucedió con el grupo de sacerdotes de que se rodeó en los años treinta. En ambos casos por la misma razón: porque no asimilaron el espíritu propio del Opus Dei. Pero lo maravilloso es que —tanto en lo que concierne a las mujeres, como a los sacerdotes— la fundación vuelve a su nacimiento, como río que buscara de nuevo su auténtico y primitivo manantial. Como si Dios, después de haber probado a su siervo, presentara al Fundador una página en limpio, para su versión definitiva.

Don Josemaría, pues, volvió sobre sus pasos con la certeza de que éste era el camino por donde debía recomenzar: que los sacerdotes incardinados al Opus Dei deberían salir de dentro, de sus propias filas. No es que, anteriormente, se hubiera equivocado; sino que el Señor tiene sus sendas, inescrutables a los hombres. Y así como le llegaban nuevos miembros a la Obra en las fiestas de Apóstol, o en sus vísperas, para mantener el optimismo de aquel joven fundador, también le llegaron sacerdotes:

En los primeros años de la labor acepté la colaboración de unos pocos sacerdotes, que mostraron su deseo de vincularse al Opus Dei de alguna manera. Pronto me hizo ver el Señor con toda claridad que —siendo buenos, y aun buenísimos— no eran ellos los llamados a cumplir aquella misión, que antes he señalado. Por eso, en un documento antiguo, dispuse que por entonces —ya diría hasta cuándo— debían limitarse a la administración de los sacramentos y a las funciones puramente eclesiásticas [8] .

En una nota de finales de 1930 —cuando sólo le seguían dos o tres laicos y don Norberto, Capellán Segundo del Patronato de Enfermos—, considerando don Josemaría el modo de vivir los sacerdotes de la Obra, hacía una aclaración fundamental y tajante cara al futuro: los socios sacerdotes —escribe— han de salir de los socios laicos [9] . Ya no volverá el Fundador a insistir sobre este punto; pero en 1935, ante la actitud de incomprensión y falta de unidad de algunos del grupo que entonces le seguía, se fue desligando de ellos (…).

Era mucho, sin duda, lo que podían ayudarle sus hijos en las labores apostólicas y en la dirección de almas, porque se trataba de un trabajo laical, pero es evidente también que, para realizarlo con plenitud, son necesarios los sacerdotes. Sin sacerdotes, quedaría incompleta la labor iniciada por los socios laicos del Opus Dei, que forzosamente se han de detener cuando llegan a lo que suelo llamar elmuro sacramental , a la administración de los sacramentos reservada a los presbíteros [12] .

Si queremos ilustrar la situación baste recordar lo que decía el Padre, no sin gracia, a saber: que sus hijos se veían obligados a confesarse con el P. Topete, esto es, con el primero que se topasen [13] . En el sacramento de la Penitencia se perdonan los pecados y se imparte asimismo la dirección espiritual; por esta causa, aun gozando de absoluta libertad para buscar confesor, el Padre recomendaba vivamente a los miembros de la Obra que acudiesen a los sacerdotes que conocían bien su espíritu[14] .

La necesidad que padecía la Obra no era pasajera sino radical. La Obra entera apetecía sacerdotes nacidos en sus entrañas. Clamaba por ellos en silencio, como la tierra en tiempo de sequía reclama agua del cielo. El contar con algunos de esos sacerdotes en el Opus Dei era esencial para su estructura interna y para su desarrollo. Ellos darían más cohesión a los apostolados de la Obra; y reforzarían la unidad interna del Opus Dei. Sin ellos no podían los laicos realizar con plenitud el apostolado que Dios les pedía. Resumiendo algunas de las causas y los motivos por los que la Obra precisaba de sacerdotes, escribe el Fundador:

Los sacerdotes son también necesarios para la atención espiritual de los miembros de la Obra: para administrar los sacramentos, para colaborar con los Directores laicos en la dirección de las almas, para dar una honda instrucción teológica a los otros socios del Opus Dei y —punto fundamental en la constitución misma de la Obra— para ocupar algunos cargos de gobierno [15] .

La primera vez que don Josemaría deja escapar por su pluma el ardoroso deseo de sacerdotes que, como Fundador, llevaba dentro del alma, es quizá la anotación del 1 de julio de 1940, escrita sobre las murallas de Ávila. (Cuando pasaba por la ciudad de Ávila, Mons. Santos Moro le hospedaba en el palacio episcopal, pegado a la muralla; y don Josemaría tenía a gala el datar su correspondencia con un De Ávila, sobre sus murallas) [16] .

Por vez primera expresa el Fundador una oración, que es como un arrebatado suspiro de esperanza, dormido entre las páginas de su cuaderno de Apuntes :

Ávila de los Santos, sobre sus murallas, 1 de julio de 1940. Ya estoy otra vez en este palacio episcopal. Hoy comienzo una tanda de ejercicios para sacerdotes. ¡Ojalá saquemos mucho fruto: el primero, yo! […]. ¡Dios mío: enciende el corazón de Álvaro, para que sea un sacerdote santo! [17] .

Un suspiro semejante encontramos en otra lejana nota, allá por noviembre de 1930, en que soñando con los fieles de la Obra, de los que saldrán el día de mañana los sacerdotes, anota: ¡Qué primor de hombres de Dios, veo que serán! [18] .

De la incertidumbre de los primeros empeños a la esperanza, tangible y cierta, de los tres hijos suyos que se preparaban para el sacerdocio, median nada menos que diez años de oración y mortificación. Y cuatro años más habían de transcurrir hasta su ordenación en 1944 [19] . Años y años de ruegos y trabajos insistentes. (Y éstos sí que igualaban los trabajos de Hércules, a lo espiritual). ¿No era justo que el sacerdote reivindicara la paternidad de su oración?:

Recé con confianza e ilusión, durante tantos años, por los hermanos vuestros que se habrían de ordenar y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración [20] .

Semejante tensión de alma hay que atribuirla, exclusivamente, al celo interior del Fundador y no a que sus hijos tuviesen que superar ningún tipo de impedimento. Los datos que jalonan la historia de estas primeras llamadas al sacerdocio destacan por su sencillez. En efecto, el Fundador insistió con frecuencia en que el sacerdocio no es como la “coronación” de la vocación a la Obra. Al contrario, por su entera disponibilidad para las tareas apostólicas y por la formación recibida, se puede decir que todos los numerarios reúnen las condiciones necesarias exigidas para el sacerdocio y están dispuestos a recibir la ordenación sacerdotal, si es que el Señor se lo pide y el Padre les invita a servir de ese modo a la Iglesia y en la Obra. Al primero que invitó don Josemaría fue a Álvaro del Portillo, luego de insistirle en su libertad de decisión, estimulando en su alma el deseo de servicio:

Si estás bien dispuesto —le decía—, si lo deseas, y no tienes inconveniente, haré que seas ordenado sacerdote, con plena libertad; y te llamo al sacerdocio no porque tú seas mejor, sino para servir a los demás [21] . (…)

La mañana del 14 de febrero de 1943, don Josemaría salió temprano para decir misa a sus hijas en el oratorio de Jorge Manrique. Siguieron éstas la misa con devoción y recogimiento; y el sacerdote, metido en Dios durante el Santo Sacrificio.

Inmediatamente después de celebrar la misa sacó su agenda de bolsillo y escribió en la hoja del domingo 14 de Febrero, S. Valentín:

En casa de las chicas, en la Sta. Misa: “Societas Sacerdotalis Sanctae Crucis ”; y luego hizo un pequeño dibujo (el diseño de un círculo, dentro del cual va una cruz)[22] .

Después de la acción de gracias el Padre bajó a la otra planta, pidió una cuartilla y se encerró en un pequeño recibidor mientras sus hijas le esperaban en el vestíbulo.

«A los pocos minutos —refiere Encarnita— apareció de nuevo en el vestíbulo visiblemente emocionado. — Mirad —nos dijo, señalándonos una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz de proporciones especiales—; éste será el Sello de la Obra. El Sello , no el escudo —nos aclaró—: el Opus Dei no tiene escudos. Significa —nos dijo a continuación— el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz» [23] .

Al día siguiente el Padre se fue a El Escorial, no muy lejos de Madrid, donde Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz estaban preparando unos exámenes de Teología. No sin gran vergüenza por su parte, se vio obligado a comunicar a Álvaro del Portillo la gracia recibida del Señor el día anterior dentro de la misa: la solución canónica para los sacerdotes de la Obra, el nombre de la sociedad a constituir y hasta el sello [24] .

Había que preparar rápidamente los documentos necesarios y Álvaro del Portillo sería el encargado de ir a Roma con objeto de obtener la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que en líneas generales le había mostrado el Señor el 14 de febrero, día de acción de gracias, por ser el aniversario de otra fecha memorable: el 14 de febrero de 1930, día en que el Señor le hizo entender que debía extender el apostolado del Opus Dei a las mujeres.

Diez maneras de conocer mejor a San Josemaría

1. Website de San Josemaría

El Fundador del Opus Dei cuenta con un website en el que, por ejemplo, se puede leer la oración a San Josemaría en más de 70 idiomas, también se puede descargar enformato audio. Un gráfico interactivo facilita seguir la cronología de su vida con vídeos explicativos. La información se puede ampliar con la abundantedocumentación sobre su mensaje, escritos, fichas históricas, etc.

Muchas personas escriben relatando algunos favores que han recibido por su intercesión, y existe una sección multimedia con vídeos, fotografías y audios.

La página de San Josemaría está disponible en once idiomas. Y también está presente en Facebook, Twitter y cuenta con un canal de Youtube en el que se pueden ver más de 140 vídeos.

San Josemaría Escrivá: cronología de su vida

2. Una biografía enriquecida

Ahora la sección “Biografía” del fundador del Opus Dei es más completa. Para facilitar la lectura la hemos dividido en diez apartados, con vídeos y enlaces para ampliar la información.

3. Infográfico ‘San Josemaría, vida y mensaje’

Infográfico 'San Josemaría, vida y mensaje'

Hemos destacado cuatro grandes temas que reflejan cómo Dios quiso que San Josemaría comprendiera el mensaje del Opus Dei, a través de diversos sucesos de su vida: la santificación del trabajo y la vida ordinaria; la amistad con Jesucristo; la misión de formación y apostolado; y, la labor social, con especial atención a los enfermos.

Al pasar el cursor por por las distintas fechas, se puede leer qué sucedió en ese momento, e incluso ver algún vídeo explicativo.

4. Mapa interactivo sobre los primeros años del Opus Dei

La conocida aplicación “Google maps” ha servido para preparar un mapa sobre los primeros años del Opus Dei, y así ilustrar mejor la biografía de San Josemaría.

Se ha dividido la actividad de San Josemaría y los comienzos del Opus Dei en cinco apartados: Primeros meses en Madrid, fundación del Opus Dei, atención de enfermos, primeros pasos de la Obra y refugios en la guerra civil.

Si se accede a través de dispositivos móviles y se activa el GPS indica el camino que se puede recorrer entre los distintos lugares.

Mapa interactivo sobre los primeros años del Opus Dei

5. Vídeos breves de San Josemaría en alta calidad.

La sección “Vídeos breves del fundador” recoge 52 vídeos agrupados en varios temas: la familia, los sacramentos, el dolor y la enfermedad, la vida ordinaria, etc.

Se trata de extractos breves de las tertulias que mantuvo San Josemaría con muchos grupos durante los viajes que hizo a la Península Ibérica y Sudamérica en 1972 y 1974.

6. Escuchar a San Josemaría

El Fundador del Opus Dei escribió numerosas homilías y realizó largos viajes de catequesis por diversos países del mundo. Hemos agrupado 50 archivos en audio. También se pueden escuchar varias homilías en nuestro canal de Soundcloud.

7. Libros sobre la vida del Fundador del Opus Dei

Ahora es posible consultar once libros sobre San Josemaría, entre ellos la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada (3 volúmenes).

8. Galerías de imágenes

Galería fotográfica de San Josemaría en alta calidad (Flickr)

Galería de fotos de San Josemaría Escrivá.

La devoción a san Josemaría en imágenes.

9. Cuestiones históricas: Los primeros años del Opus Dei

Con el asesoramiento del Centro de Documentación y Estudios Josemaria Escrivá de Balaguer (CEDEJ), José M. Cejas responde a una serie de cuestiones históricas sobre la vida del Fundador del Opus Dei y de su familia, el origen del Opus Dei, el contexto político y social en el que comenzó a desarrollarse el Opus Dei, la actitud de Josemaría Escrivá ante la guerra civil de España, Franco y otras muchas preguntas.

San Josemaría con Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei.

San Josemaría con Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei.

 

10. Historia del Opus Dei y de san Josemaría Escrivá de Balaguer

Gracias a Studia et Documenta, la revista del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer (ISJE), están disponibles treinta artículos sobre la historia del Opus Dei y de San Josemaría, descargables en formato PDF.

Novena a la Inmaculada

Inmaculada Concepción

Ofrecemos algunos textos de san Josemaría, seleccionados en nueve apartados distintos, uno para cada día de la novena. Los apartados acaban con una breve oración compuesta por san Josemaría, dirigida a Nuestra Madre del Cielo.

Costumbre

La Novena de la Inmaculada es una costumbre que ha cristalizado en la Iglesia para preparar la gran solemnidad del 8 de diciembre. San Josemaría aconsejaba a sus hijos del Opus Dei que cada uno la viviera personalmente, del modo que considere más oportuno; poniendo, desde luego, más empeño en la conversación asidua con la Virgen, con un delicado esmero en la oración, la mortificación, el trabajo profesional; y procurando que los parientes, amigos y conocidos —cuantos más, mejor— se acerquen a Jesucristo por medio de nuestra Madre. A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María (San Josemaría, Camino, 495).

En 1954, cuando el Papa Pío XII proclamó un año mariano en la Iglesia universal, para celebrar el centenario de la definición dogmática de la Inmaculada. San Josemaría nos recordó entonces que el Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Por eso son tantas las costumbres marianas, que empapan la vida diaria de los hijos de Dios en esta Obra de Dios.

Descarga la Novena a la Inmaculada Concepción aquí.