Noviazgo y Matrimonio Cristianos

A continuación te prestamos 5 artículos importantísimos sobre el Noviazgo y Matrimonio Cristianos.

1. El misterio del matrimonio

En el año mariano por la familia que se está viviendo en el Opus Dei, iniciamos una serie de editoriales sobre el amor humano. El primer texto se centra en el matrimonio.

La realidad humana del matrimonio

El matrimonio es una realidad natural, que responde al modo de ser persona, varón y mujer. En ese sentido enseña la Iglesia que “el mismo Dios es el autor del matrimonio (GS 48, 1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador”[1].

En lo fundamental, no se trata de una creación cultural, pues sólo el matrimonio refleja plenamente la dignidad de la unión entre varón y mujer. Sus características no han sido establecidas por ninguna religión, sociedad, legislación o autoridad humana; ni han sido seleccionadas para configurar distintos modelos matrimoniales y familiares según las preferencias del momento.

En los designios de Dios, el matrimonio sigue a la naturaleza humana, sus propiedades son reflejo de ella.

La relación específicamente matrimonial

El matrimonio tampoco nace de un cierto tipo de acuerdo entre dos personas que quieren estar juntas más o menos establemente. Nace de un pacto conyugal: del acto libre por el que una mujer y un varón se dan y reciben mutuamente para ser matrimonio, fundamento y origen de una familia.

La totalidad de esa donación mutua es la clave de aquello en lo que consiste el matrimonio, porque de ella derivan sus cualidades esenciales y sus fines propios.

Por eso, es entrega irrevocable. Los cónyuges dejan de ser dueños exclusivos de sí en los aspectos conyugales, y pasan a pertenecer cada uno al otro tanto como a sí mismos. Uno se debe al otro: no sólo están casados, sino que son esposos. Su identidad personal ha quedado modificada por la relación con el otro, que los vincula “hasta que la muerte los separe”. Esta unidad de los dos, es la más íntima que existe en la tierra. Ya no está en su poder dejar de ser esposo o esposa, porque se han hecho “una sola carne”[2].

Una vez nacido, el vínculo entre los esposos ya no depende de su voluntad, sino de la naturaleza –en definitiva de Dios Creador–, que los ha unido. Su libertad ya no se refiere a la posibilidad de ser o no ser esposos, sino a la de procurar o no vivir conforme a la verdad de lo que son.

La “totalidad” natural de la entrega propiamente matrimonial

En realidad, sólo una entrega que sea don total de sí y una aceptación también total responden a las exigencias de la dignidad de la persona.

Esta totalidad no puede ser más que exclusiva: es imposible si se da un cambio simultáneo o alternativo en la pareja, mientras vivan los dos cónyuges.

Implica también la entrega y aceptación de cada uno con su futuro: la persona crece en el tiempo, no se agota en un episodio. Sólo es posible entregarse totalmente para siempre. Esta entrega total es una afirmación de libertad de ambos cónyuges.

Totalidad significa, además, que cada esposo entrega su persona y recibe la del otro, no de modo selectivo, sino en todas sus dimensiones con significado conyugal.

Concretamente, el matrimonio es la unión de varón y mujer basada en la diferencia y complementariedad sexual, que –no casualmente– es el camino natural de la transmisión de la vida (aspecto necesario para que se dé la totalidad). El matrimonio es potencialmente fecundo por naturaleza: ese es el fundamento natural de la familia.

Entrega mutua, exclusiva, perpetua y fecunda son las características propias del amor entre varón y mujer en su plenitud humana de significado.

La reflexión cristiana los ha llamado desde antiguo propiedades esenciales (unidad e indisolubilidad) y fines (el bien de los esposos y el de los hijos) no para imponer arbitrariamente un modelo de matrimonio, sino para tratar de expresar a fondo la verdad “del principio”[3].

La sacralidad del matrimonio

La íntima comunidad de vida y amor que se funda sobre la alianza matrimonial de un varón y una mujer refleja la dignidad de la persona humana y su vocación radical al amor, y como consecuencia, a la felicidad. El matrimonio, ya en su dimensión natural, posee un cierto carácter sagrado. Por esta razón la Iglesia habla del misteriodel matrimonio[4].

Dios mismo, en la Sagrada Escritura, se sirve de la imagen del matrimonio para darse a conocer y expresar su amor por los hombres[5].La unidad de los dos, creados a imagen de Dios, contiene en cierto modo la semejanza divina, y nos ayuda a vislumbrar el misterio del amor de Dios, que escapa a nuestro conocimiento inmediato[6].

Pero, la criatura humana quedó hondamente afectada por las heridas del pecado. Y también el matrimonio se vio oscurecido y perturbado[7]. Esto explica los errores, teóricos y prácticos, que se dan respecto a su verdad.

Pese a ello, la verdad de la creación subsiste arraigada en la naturaleza humana[8], de modo que las personas de buena voluntad se sienten inclinadas a no conformarse con una versión rebajada de la unión entre varón y mujer. Ese verdadero sentido del amor –aun con las dificultades que experimenta– permite a Dios, entre otros modos, el darse a conocer y realizar gradualmente su plan de salvación, que culmina en Cristo.

El matrimonio, redimido por Jesucristo

Jesús enseña en su predicación, de un modo nuevo y definitivo, la verdad originaria del matrimonio[9]. La “dureza de corazón”, consecuencia de la caída, incapacitaba para comprender íntegramente las exigencias de la entrega conyugal, y paraconsiderarlas realizables.

Pero llegada la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios “revela la verdad originaria del matrimonio, la verdad del ‘principio’, y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente[10], porque “siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán ‘comprender’ el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo”[11].

El matrimonio, sacramento de la Nueva Ley

Al constituir el matrimonio entre bautizados en sacramento[12], Jesús lleva a una plenitud nueva, sobrenatural, su significado en la creación y bajo la Ley Antigua, plenitud a la que ya estaba ordenado interiormente[13].

El matrimonio sacramental se convierte en cauce por el que los cónyuges reciben la acción santificadora de Cristo, no solo individualmente como bautizados, sino por la participación de la unidad de los dos en la Nueva Alianza con que Cristo se ha unido a la Iglesia[14]. Así, el Concilio Vaticano II lo llama “imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia”[15].

Esto significa, entre otras cosas, que esa unión de los esposos con Cristo no esextrínseca (es decir, como si el matrimonio fuera una circunstancia más de la vida), sino intrínseca: se da a través de la eficacia sacramental, santificadora, de la misma realidad matrimonial[16]. Dios sale al encuentro de los esposos, y permanece con ellos como garante de su amor conyugal y de la eficacia de su unión para hacer presente entre los hombres Su Amor.

Pues, el sacramento no es principalmente la boda, sino el matrimonio, es decir, la “unidad de los dos”, que es “signo permanente” (por su unidad indisoluble) de la unión de Cristo con su Iglesia. De ahí que la gracia del sacramento acompañe a los cónyuges a lo largo de su existencia[17].

De ese modo, “el contenido de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos integrantes de la persona (…). En una palabra, tiene las características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no solo las purifica y consolida, sino que las eleva, hasta el punto de hacer de ellas expresión de valores propiamente cristianos”[18].

Desde muy pronto, la consideración de este significado pleno del matrimonio, a la luz de la fe y con las gracias que el Señor le concedía para comprender el valor de la vida ordinaria en los planes de Dios, llevó a san Josemaría a entenderlo como verdadera y propia vocación cristiana: “Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar”[19].

2. Noviazgo y vida cristiana

Continúa la serie de textos sobre el amor humano. En esta ocasión se aborda el noviazgo, tiempo de discernimiento y de crecimiento en la vida cristiana.

De la misma manera que el matrimonio es una llamada a la entrega incondicional, el noviazgo ha de considerarse como un tiempo de discernimiento para que los novios se conozcan y decidan dar el siguiente paso, entregarse el uno al otro para siempre.

Es doctrina de la Iglesia la llamada universal a la santidad, en ella se engloba toda la vida del hombre[1]. Esta llamada no se limita al simple cumplimiento de unos preceptos, se trata de seguir a Cristo y parecerse cada vez más a Él. Esto, que humanamente es imposible, puede llevarse a cabo dejándose conducir por la gracia de Dios.

Llamada universal a la santidad, también en el noviazgo

En esta tarea, no hay “tiempos muertos”; también el noviazgo es un momento propicio para el crecimiento de la vida cristiana. Vivir cristianamente el noviazgo supone dejar que Dios tome posición entre los novios, y no a modo de incordio sino precisamente para dar sentido al noviazgo y a la vida de cada uno. “Haced, por tanto, de este tiempo vuestro de preparación al matrimonio un itinerario de fe: redescubrid para vuestra vida de pareja la centralidad de Jesucristo y del caminar en la Iglesia”[2].

¿Cuál es la señal cierta que indica que se está viviendo un noviazgo cristiano? Cuando ese amor ayuda a cada uno a estar más cerca de Dios, a amarle más. “No lo dudes: el corazón ha sido creado para amar. Metamos, pues, a Nuestro Señor Jesucristo en todos los amores nuestros. Si no, el corazón vacío se venga, y se llena de las bajezas más despreciables”[3].

Cuanto más y mejor se quieran los novios, más y mejor querrán a Dios, y al revés. De esa manera cumplen los dos primeros preceptos del decálogo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[4].

Aprender a amar

Conviene que los novios alimenten su amor con buena doctrina, que lean algún libro sobre aspectos cruciales de su relación: el amor humano, el papel de los sentimientos, el matrimonio, etc. La Sagrada Escritura, los documentos del Magisterio de la Iglesia y otros libros de divulgación son buenos compañeros de camino. Es muy recomendable pedir consejo a personas de confianza que puedan orientar esas lecturas, que vayan formando su conciencia y generen temas de conversación que les ayuden a conocerse.

Además de la formación intelectual, es importante que los novios se apasionen de la belleza y desarrollen la sensibilidad. Sin un adecuado enriquecimiento de ésta, resulta muy difícil ser personas delicadas en el trato. Es una buena idea compartir el gusto por la buena literatura, la música, la pintura, por el arte que eleva al hombre, y no caer en el consumismo.

Virtudes humanas y noviazgo

Amar supone darse al otro, y se aprende a amar con pequeñas luchas.

El noviazgo “como toda escuela de amor, ha de estar inspirado no por el afán de posesión, sino por el espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza”[5].

Desarrollar las virtudes humanas nos hace mejores personas, son el fundamento de las virtudes sobrenaturales que nos ayudan a ser buenos hijos de Dios y nos acercan a la santidad, a la plenitud del hombre. En un tiempo en el que tanto se habla de “motivación” conviene considerar que no hay mejor motivación para crecer como persona que el Amor a Dios y al novio o novia.

La generosidad se demuestra en la renuncia, en pequeños actos, a aquello que nosotros preferimos, por dar gusto al otro. Es una gran muestra de amor, aunque él o ella no se dé cuenta. Los novios deben estar abiertos a los demás, desarrollar las amistades. “Quisiera ante todo deciros que evitéis encerraros en relaciones intimistas, falsamente tranquilizadoras; haced más bien que vuestra relación se convierta en levadura de una presencia activa y responsable en la comunidad”[6].

La dedicación a los amigos, a los necesitados, la participación en la vida pública, en definitiva, luchar por unos ideales, permiten abrir esa relación y hacerla madurar. Los novios están llamados a hacer apostolado y dar testimonio de su amor.

La modestia y la delicadeza en el trato van unidas a un Amor (con mayúscula) que trasciende lo humano y se fundamenta en lo sobrenatural, teniendo como modelo el amor de Cristo por su Esposa, que es la Iglesia[7]. Para alcanzar ese amor se deben cuidar los sentidos y las manifestaciones afectivas impropias del noviazgo, evitando situaciones que molesten al otro o puedan ser ocasión de tentaciones o pecado. Si realmente se ama a alguien, se hace lo todo lo posible por respetarla, evitando hacerle pasar un mal rato o haciendo algo que vaya en contra de su dignidad. El noviazgo supone un compromiso que incluye la ayuda al otro para ser mejor y una exclusividad en la relación que hay que cuidar y respetar.

No hay que olvidar el buen humor y la confianza en la otra persona y en su capacidad de mejora. Es bueno crecer juntos en el noviazgo, pero igual de importante es que cada uno crezca como persona; eso ayudará y ennoblecerá la relación.

La sobriedad permite disfrutar de las cosas pequeñas, de los detalles. Demuestra más amor un regalo fruto de conocer pequeños deseos del otro que un gran gasto en algo que es obvio. Une más un paseo que ir juntos al cine por costumbre, buscar una exposición gratuita que ir de compras.

Y dentro de la sobriedad se podría encuadrar el buen uso del tiempo libre. El ocio y el exceso de tiempo libre es mala base para crecer en virtudes, conduce al aburrimiento y a dejarse llevar. Por eso, conviene planificar el tiempo que se pasa juntos, dónde, con quién, qué se va a hacer.

Los hábitos (virtudes) y costumbres que se vivan y desarrollen durante el noviazgo son la base sobre la que se sustentará y crecerá el futuro matrimonio.

Las armas de los novios

En esa lucha por alcanzar la santidad, los novios disponen de estupendas ayudas.

En primer lugar, hay que situar los Sacramentos, medios a través de los cuales Dios concede su gracia. Son, por tanto, imprescindibles para vivir cristianamente el noviazgo. Asistir juntos a la Santa Misa o hacer una breve visita al Santísimo Sacramento supone compartir el momento cumbre de la vida del cristiano. La experiencia de numerosas parejas de novios confirma que es algo que une profundamente. Si uno de los dos tiene menos práctica religiosa, el noviazgo es una oportunidad de descubrir juntos la belleza de la fe, y esto será sin duda un punto de unión. Esta tarea exigirá, por lo general, paciencia y buen ejemplo, acudiendo desde el primer momento a la ayuda de la gracia de Dios.

A través de la confesión se recibe el perdón de los pecados, la gracia para continuar la lucha por alcanzar la santidad. Siempre que sea posible, es conveniente acudir al mismo confesor, alguien que nos conozca y nos ayude en nuestras circunstancias concretas.

Si afirmamos que Dios es Padre y que la meta del cristiano es parecerse a Jesús, es natural tener un trato personal con quien sabemos que nos ama. Por medio de laoración los novios alimentan su alma, hacen crecer sus deseos de avanzar en su vida cristiana, dan gracias, piden el uno por el otro y por los demás. Es bonito que juntos pronuncien el nombre de Dios, de Jesús o de María, por ejemplo rezando el Rosario o haciendo una Romería a la Virgen.

“Hace falta una purificación y maduración, que incluye también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni ‘envenenarlo’, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”[8]. No podemos olvidar que la mortificación supone renunciar a algo por un motivo generoso, y que forma parte principal en la lucha ascética por ser santos. A veces será ceder en la opinión, o cambiar un plan que apetece menos al otro; o no acudir a lugares o ver series o películas juntos que pueden hacer tropezar en ese camino por ser santos. En el amor se encuentra el sentido de la renuncia.

Vivir el noviazgo con sobriedad y preparar de la misma manera la boda es una base formidable para vivir un matrimonio cristiano. “Al mismo tiempo, es bueno que vuestro matrimonio sea sobrio y destaque lo que es realmente importante. Algunos están muy preocupados por los signos externos: el banquete, los trajes… Estas cosas son importantes en una fiesta, pero sólo si indican el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición de Dios sobre vuestro amor”[9].

El noviazgo no es un paréntesis en la vida cristiana de los novios, sino un tiempo para crecer y compartir los propios deseos de santidad con aquella persona que, en el matrimonio, pondrá su nombre a nuestro camino hacia el cielo.

Aníbal Cuevas

3. Sentido del noviazgo: conocerse, tratarse, respetarse

Conocerse para amarse: el noviazgo es el tiempo en el que dos personas se descubren mutuamente. La Iglesia invita a vivir con intensidad esa fase de la relación para amarse y respetarse. Nuevo editorial sobre el amor humano.

Conocerse

Para quiénes han sido llamados por Dios a la vida conyugal, la felicidad humana depende, en gran parte, de la elección de la pareja con la que van a compartir el resto de su vida en el matrimonio. De esto se deduce la importancia que tiene el discernimiento acerca de la persona apropiada: “La Iglesia desea que, entre un hombre y una mujer, exista primero el noviazgo, para que se conozcan más, y por tanto se amen más, y así lleguen mejor preparados al sacramento del matrimonio”[1].

Así, esta decisión está relacionada con dos parámetros: conocimiento y riesgo; a mayor conocimiento menor riesgo. En el noviazgo, el conocimiento es la información de la otra persona. En este artículo se abordarán algunos elementos que ayudarán al conocimiento y al respeto mutuo entre los novios.

Actualmente, en algunos ambientes, al concepto “amor” se le puede dar un sentido erróneo, lo cual representa un peligro en una relación donde lo fundamental es el compromiso y la entrega hasta que la muerte los separe: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” [2]. Por ejemplo, si uno quisiera hacer negocios con un socio que no sabe qué es una empresa, los dos estarían condenados al fracaso. Con el noviazgo ocurre algo parecido: es fundamental que ambos tengan la misma idea del amor, y que ese concepto se atenga a la verdad, es decir, a lo que realmente es amor.

Hoy, muchas parejas fundamentan el noviazgo, y también el matrimonio, en elsentimentalismo. A veces, hay actitudes de conveniencia y falta de transparencia, es decir, “autoengaños” que terminan después apareciendo en los hechos. Con el paso del tiempo, esto puede convertirse en causa de muchas rupturas matrimoniales. Los novios han de querer construir su relación sobre la roca del amor verdadero, y no sobre la arena de los sentimientos que van y vienen[3].

El conocimiento propio es algo esencial para que la persona aprenda a distinguir cuándo una manifestación afectiva pasa la frontera de un sentimiento ordenado, y se adentra en la esfera del sentimentalismo, quizá egoísta. En este proceso es esencial la virtud de la templanza que ayuda a la persona a ser dueña de sí misma, ya que “tiende a impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad”[4].

Se puede pensar en el amor como un trípode, que tiene como puntos de apoyo los sentimientos, la inteligencia y la voluntad. Al amor acompaña un tipo de sentimiento profundo. Si creemos que el afecto no es aún suficientemente intenso ni hondo, y que vale la pena mantener el noviazgo, habrá que preguntarse qué tengo que hacer para seguir queriendo (inteligencia), y acometer lo que he decidido (voluntad). Lógicamente, conviene alimentar la inteligencia con buena formación y doctrina, pues de lo contrario, se apoyará en argumentos que lleven al sentimentalismo.

Tratarse

El conocimiento verdadero de los demás se consigue con el trato mutuo. Igualmente ha de suceder en el noviazgo, que requiere un trato que llegue a temas profundos, relacionados con el carácter de la otra persona: cuáles son sus creencias y convicciones, cuáles son sus ilusiones, qué valores familiares tiene, cuál es su opinión sobre la educación de los hijos, etc.

Las dificultades de carácter son consecuencia del daño causado por el pecado original en la naturaleza humana; por tanto, hay que contar con que todos tenemos momentos de mal carácter. Esto se puede paliar, contando especialmente con la gracia de Dios, luchando por hacer la vida más agradable a los demás. Sin embargo, hay que asegurar la capacidad para convivir con el modo de ser del otro.

También sucede lo mismo con las convicciones y creencias. Se ven como una consecuencia tradicional, de la educación recibida o de modo racional. Sin embargo, no es frecuente que se deje de lado la importancia que tienen o se piense que con el tiempo cederá. Pueden convertirse en una dificultad grande y, en muchos casos, motivos de problemas conyugales. Es fundamental tener claro que el matrimonio es “de uno con una; (…) La medalla tiene anverso y reverso; y en el reverso hay dolores, abstenciones, sacrificios, abnegación”[5].

Podría resultar ingenuo pensar que el otro va a cambiar sus convicciones y creencias o que el cónyuge será el medio para que cambie. Lo anterior no excluye que las personas rectifiquen y mejoren con el paso del tiempo y la lucha personal. Sin embargo, un criterio que puede servir es el siguiente: si, las convicciones profundas, no se adecúan a lo que yo pienso respecto a cómo ha de ser el padre o la madre de mis hijos, puede ser prudente cortar, ya que no hacerlo a tiempo es un error que con frecuencia puede llevar a un futuro matrimonio roto.

Es preciso diferenciar lo que en el otro es una opinión y lo que es una creencia o una convicción. Podríamos decir que una opinión es lo que sostiene, sin llegar a la categoría de convicción, aunque para expresarla utilice la palabra “creo”. Por ejemplo, si uno comenta “creo que el matrimonio es para siempre”, conviene saber si se trata de una opinión o de una creencia. La opinión comporta excepciones, una creencia no; la creencia es un valor arraigado, una convicción, sobre la que se puede sostener un matrimonio.

Con frecuencia, ya siendo marido y mujer, sucede que uno de los cónyuges se da cuenta de que, cuestiones tan vitales como estar de acuerdo sobre el número de hijos, o su educación cristiana, o la forma de vivir la sexualidad no han sido tratadas con seriedad durante el noviazgo.

El noviazgo cristiano es un tiempo para conocerse y para confirmar que la otra persona coincide en lo que es fundamental, de manera que no será extraño que a lo largo de esta etapa uno de los novios decida que el otro no es la persona adecuada para emprender la aventura del matrimonio.

La personalidad se va formando con el paso del tiempo, por lo que hay que pedir al otro un nivel de madurez adecuado a su edad. Sin embargo, hay algunos parámetros que pueden ayudar a distinguir a una persona con posibles rasgos de inmadurez: suele tomar las decisiones en función de su estado de ánimo, le cuesta ir a contracorriente, su humor es voluble, es muy susceptible, suele ser esclavo o esclava de la opinión de los demás, tolera mal las frustraciones y tiende a culpar a los otros de sus fracasos, tiene reacciones caprichosas que no se corresponden con su edad, es impaciente, no sabe fijarse metas ni aplazar la recompensa, le cuesta renunciar a sus deseos inmediatos, tiende a ser el centro de atención, etcétera.

Respetarse

Como dice el Papa Francisco: “La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa: que sea lugar de afecto, de ayuda, de esperanza”[6]. El noviazgo crece como aspiración al amor total desde el respeto mutuo, que en el fondo es lo mismo que tratar al otro como lo que es: una persona.

“El periodo del noviazgo, fundamental para formar una pareja, es un tiempo de espera y de preparación, que se ha de vivir en la castidad de los gestos y de las palabras. Esto permite madurar en el amor, en el cuidado y la atención del otro; ayuda a ejercitar el autodominio, a desarrollar el respeto por el otro, características del verdadero amor que no busca en primer lugar la propia satisfacción ni el propio bienestar” [7].

Este hecho conlleva diversas consecuencias, cuyo fundamento es la dignidad humana: no se puede pedir al novio o a la novia lo que no puede o no debe dar, cayendo en chantajes sentimentales, por ejemplo, en aspectos referidos a manifestaciones afectivas o de índole sexual, más propias de la vida matrimonial que de la relación de noviazgo.

El trato mutuo entre los novios cristianos deberá ser el que tienen dos personas que se quieren, pero que aún no han decidido entregarse totalmente al otro en el matrimonio. Por eso tendrán que ser delicados, elegantes y respetuosos, siendo conscientes de su condición de varón y de mujer, apagando los primeros chispazos de pasión que se puedan presentar, evitando poner al otro en circunstancias límite.

Como conclusión, podemos afirmar que un noviazgo bien vivido, en el cual se conozca a fondo y se respete a la otra persona, será el medio más adecuado para tener un buen matrimonio, siguiendo el consejo del Papa Francisco: “La convivencia es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante que tiene unas reglas que se pueden resumir en tres palabras: ¿Puedo? Gracias, perdona”[8].

José María Contreras

4. Noviazgo y matrimonio: ¿cómo acertar con la persona?

Prepararse a emprender un viaje para toda la vida exige escoger el compañero adecuado. ¿Qué orientaciones da la fe cristiana? ¿Cómo combinar cabeza y corazón? Prosigue la serie de artículos sobre el amor humano.

Uno de los cometidos más importantes del noviazgo es poder transitar del enamoramiento (la constatación de que alguien origina en uno sentimientos singulares que le inclinan a abrir la intimidad, y que dan a todas las circunstancias y sucesos un color nuevo y distinto: es decir, un fenómeno típicamente afectivo), a un amor más efectivo y libre. Este tránsito se realiza gracias a una profundización en el conocimiento mutuo y a un acto neto de disposición de sí por parte de la propia voluntad.

En esta etapa es importante conocer realmente al otro, y verificar la existencia o inexistencia entre ambos de un entendimiento básico para compartir un proyecto común de vida conyugal y familiar: “que os queráis –aconsejaba san Josemaría-, que os tratéis, que os conozcáis, que os respetéis mutuamente, como si cada uno fuera un tesoro que pertenece al otro”[1].

A la vez, no basta con tratar y conocer más al otro en sí mismo; también hay que detenerse y analizar cómo es la interrelación de los dos. Conviene pensar cómo es y cómo actúa el otro conmigo; cómo soy y cómo actúo yo con él; y cómo es la propia relación en sí.

El noviazgo, una escuela de amor

En efecto, una cosa es cómo es una persona, otra cómo se manifiesta en su trato conmigo (y viceversa), y aún otra distinta cómo es tal relación en sí misma, por ejemplo, si se apoya excesivamente en el sentimiento y en la dependencia afectiva. Como afirma san Josemaría, “el noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en el conocimiento mutuo. Es una escuela de amor, inspirada no por el afán de posesión, sino por espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza”[2].

Ahondar en el conocimiento mutuo implica hacerse algunas preguntas: qué papel desempeña –y qué consecuencias conlleva– el atractivo físico, qué dedicación mutua existe (tanto de presencia, como de comunicación a través del mundo de las pantallas: teléfono, SMS, Whatsapp, Skype, Twitter, Instagram, Facebook etc.), con quién y cómo nos relacionamos los dos como pareja, y cómo se lleva cada uno con la familia y amigas o amigos del otro, si existen suficientes ámbitos de independencia en la actuación personal de cada uno –o si, por el contrario, faltan ámbitos de actuación conjunta–, la distribución de tiempo de ocio, los motivos de fondo que nos empujan a seguir adelante con la relación, cómo va evolucionando y qué efectos reales produce en cada uno, qué valor da cada uno a la fe en la relación…

Hay que tener en cuenta que, como afirma san Juan Pablo II, “muchos fenómenos negativos que se lamentan hoy en la vida familiar derivan del hecho de que, los jóvenes no sólo pierden de vista la justa jerarquía de valores, sino que, al no poseer ya criterios seguros de comportamiento, no saben cómo afrontar y resolver las nuevas dificultades. La experiencia enseña en cambio que los jóvenes bien preparados para la vida familiar, en general van mejor que los demás”[3].

Lógicamente, importa también conocer la situación real del otro en algunos aspectos que pueden no formar parte directamente de la relación de noviazgo: comportamiento familiar, profesional y social; salud y enfermedades relevantes; equilibrio psíquico; disposición y uso de recursos económicos y proyección de futuro; capacidad de compromiso y honestidad con las obligaciones asumidas; serenidad y ecuanimidad en el planteamiento de las cuestiones o de situaciones difíciles, etc.

Compañeros de viaje

Es oportuno conocer qué tipo de camino deseo recorrer con mi compañero de viaje, en su fase inicial; el noviazgo. Comprobar que vamos alcanzando las marcas adecuadas del sendero, sabiendo que será mi acompañante para la peregrinación de la vida. Losmeeting points se han de ir cumpliendo. Para eso podemos plantear ahora algunas preguntas concretas y prácticas que se refieren no tanto al conocimiento del otro como persona, sino a examinar el estado de la relación de noviazgo en sí misma.

¿Cuánto hemos crecido desde que iniciamos la relación de noviazgo? ¿Cómo nos hemos enriquecido –o empobrecido– en nuestra madurez personal humana y cristiana? ¿Hay equilibrio y proporción en lo que ocupa de cabeza, de tiempo, de corazón? ¿Existe un conocimiento cada vez más profundo y una confianza cada vez mayor? ¿Sabemos bien cuáles son los puntos fuertes y los puntos débiles propios y del otro, y procuramos ayudarnos a sacar lo mejor de cada uno? ¿Sabemos ser a la vez comprensivos –para respetar el modo de ser de cada uno y su particular velocidad de avance en sus esfuerzos y luchas– y exigentes: para no dejarnos acomodar pactando con los defectos de uno y otro? ¿Valoro en más lo positivo en la relación? A este respecto, dice el Papa Francisco: “convertir en algo normal el amor y no el odio, convertir en algo común la ayuda mutua, no la indiferencia o la enemistad”[4].

A la hora de querer y expresar el cariño, ¿tenemos como primer criterio no tanto las manifestaciones sensibles, sino la búsqueda del bien del otro por delante del propio? ¿Existe una cierta madurez afectiva, al menos incoada? ¿Compartimos realmente unos valores fundamentales y existe entendimiento mutuo respecto al plan futuro de matrimonio y familia? ¿Sabemos dialogar sin acalorarnos cuando las opiniones son diversas o aparecen desacuerdos? ¿Somos capaces de distinguir lo importante de lo intrascendente y, en consecuencia, cedemos cuando se trata de detalles sin importancia? ¿Reconocemos los propios errores cuando el otro nos los advierte? ¿Nos damos cuenta de cuándo, en qué y cómo se mete por medio el amor propio o la susceptibilidad? ¿Aprendemos a llevar bien los defectos del otro y a la vez a ayudarle en su lucha? ¿Cuidamos la exclusividad de la relación y evitamos interferencias afectivas difícilmente compatibles con ella? ¿Nos planteamos con frecuencia cómo mejorar nuestro trato y cómo mejorar la relación misma?

El modo de vivir nuestra relación, ¿está íntimamente relacionado con nuestra fe y nuestras virtudes cristianas en todos sus aspectos? ¿Valoramos el hecho de que el matrimonio es un sacramento, y compartimos su alcance para nuestra vocación cristiana?

Proyecto de vida futura

Los aspectos tratados, es decir, el conocimiento del matrimonio –de lo que significa casarse, y de lo que implica la vida conyugal y familiar derivada de la boda–, el conocimiento del otro en sí y respecto a uno mismo, y el conocimiento de uno mismo y del otro en la relación de noviazgo, pueden ayudar a cada uno a discernir sobre la elección de la persona idónea para la futura unión matrimonial. Obviamente, cada uno dará mayor o menor relevancia a uno u otro aspecto pero, en todo caso, tendrá como base algunos datos objetivos de los que partir en su juicio: recordemos que no se trata de pensar “cuánto le quiero” o “qué bien estamos”, sino de decidir acerca de un proyecto común y muy íntimo de la vida futura. El Papa Francisco, al hablar de la familia de Nazaret da una perspectiva nueva que sirve de ejemplo para la familia, y que ayuda al plantearse el compromiso matrimonial: “los caminos de Dios son misteriosos. Lo que allí era importante era la familia. Y eso no era un desperdicio”[5]. No podemos cerrar un contrato con cláusula de éxito con el matrimonio, pero podemos adentrarnos en el misterio, como el de Nazaret, donde construir una comunidad de amor.

Así se pueden detectar a tiempo carencias o posibles dificultades, y se puede poner los medios –sobre todo si parecen importantes– para tratar de resolverlas antes del matrimonio: nunca se debe pensar que el matrimonio es una “barita mágica” que hará desaparecer los problemas. Por eso la sinceridad, la confianza y la comunicación en el noviazgo puede ayudar mucho a decidir de manera adecuada si conviene o no proseguir esa relación concreta con vistas al matrimonio.

Casarse significa querer ser esposos, es decir, querer instaurar la comunidad conyugal con su naturaleza, propiedades y fines: “esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad”[6].

Este acto de voluntad implica a su vez dos decisiones: querer esa unión–la matrimonial–, que procede naturalmente del amor esponsal propio de la persona en cuanto femenina y masculina, y desear establecerla con la persona concreta del otro contrayente. El proceso de elección da lugar a diversas etapas: el encuentro, el enamoramiento, el noviazgo y la decisión de contraer matrimonio. “En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar (…). La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como un proceso gradual y continuo”[7].

Juan Ignacio Bañares

5. La santidad del amor humano

El Fundador del Opus Dei difundió por el mundo amor a la familia. En unos tiempos en que la santidad parecía más bien cosa reservada a religiosos y sacerdotes, Dios se sirvió de él, para hacer ver a muchos matrimonios que la vida conyugal es un ver­dadero camino de santidad en la tierra.

Juan Caldés Lizana le conoció en unos días de retiro. Era sep­tiembre de 1948. “Se abrió ante mí ‑publica en Mutado Cris­tiano, septiembre de 1975‑ un mundo ilusionante al contemplar el matrimonio (“sacramento grande”) como una auténtica voca­ción, un nuevo camino divino en la Tierra”. Era un panorama inédito: todos llamados a una misma santidad, plenitud de vida cristiana; la familia, un hogar luminoso y alegre, ocasión propicia para convertir la prosa diaria en endecasílabo, verso heroico; los padres, sembradores de paz y alegría; y los hijos, gaudium meum et corona mea (“mi alegría y mi corona”). Esta última fue la frase que el Fundador del Opus Dei estampó al dorso de una fotografía de los diez hijos de Juan Caldés, que vio en aquellas ideas de 1948 una profunda innovación sobre el papel de los laicos en la Iglesia.

Más nuevas sonaban aún sus palabras por los años treinta, cuando hablaba devocación matrimonial, y presentaba el ma­trimonio como cauce de santidad. Lo subraya el doctor Jiménez Vargas, que asistía a los círculos y meditaciones del Fundador del Opus Dei, y entiende que sus charlas sobre la virtud de la pureza resultaban tremendamente originales, nuevas: hoy resulta familiar ‑afirma‑, después de tantas ediciones de Camino, pero “es importante situarse en 1933, con los modos de pensar de los chicos piadosos de entonces, y lo corriente que eran ciertas formas de sermonear sobre la castidad, que más que otra cosa lle­vaban a una visión deforme y hasta freudiana del problema. Por lo pronto, hablaba de pureza ‑más que de castidad‑ con esa visión positiva y optimista que ahora es tan conocida”. Más sor­prendente aparecía su enfoque acerca del matrimonio, recogido luego sintéticamente en tres puntos de Camino (26, 27 y 28). El profesor Jiménez Vargas precisa que “al decir que el matrimonio es para la clase de tropa ‑entonces no estaba publicado Camino ni Consideraciones Espirituales‑ se puede asegurar que entu­siasmaba tanto a los que se creían con vocación para la clase de tropa como a los que pensaban que su vocación era otra. No se le pasó por la cabeza nunca a nadie una idea equivocada, ni nadie se sintió molesto por este comentario que, además, tenia gracia cuando se le oía directamente”.

Ese modo de presentar la virtud cristiana de la pureza ani­maba a luchar, porque quedaba siempre muy claro su sentido positivo, amable, afirmativo, propio de un corazón enamorado. Así la definió el Fundador del Opus Dei en una homilía pro­nunciada en Navidad de 1970: La castidad ‑no simple con­tinencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada­ -es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida.

Mons. Escrivá de Balaguer había preparado desde muy atrás el sendero por el que infinidad de socios de la Obra lucharían decididamente para ser santos en su vocación matrimonial. El camino jurídico tardaría años en abrirse. Pero el Fundador del Opus Dei esperaba, confiado en el querer de Dios; mientras tanto, iba formando a las almas para que, en el momento opor­tuno, pudieran recibir explícita la llamada divina.

Así hizo, por ejemplo, con Antonio Ivars Moreno, quien ya en 1940, en Valencia, acudía a las actividades apostólicas que socios del Opus Dei desarrollaban en una casa de la calle Samanie­go, 16, pronto convertida en Residencia de Estudiantes: “El Di­rector era don Pedro Casciaro. Con él colaboraba mi viejo amigo don Amadeo de Fuenmayor. Ellos me llamaron un día pare hablarme. Pedro me dijo sucintamente que en la Obra había per­sonas que se habían entregado con dedicación plena a Dios. Pero añadió que el Padre había dicho que yo tenía vocación matrimo­nial y que no me inquietasen. Tuve la suerte de que, por aquellos días, estaba entre nosotros y tuve ocasión de contarle lo que Pedro y Amadeo me habían dicho. El mismo me lo confirmó añadiendo que cuando tuviera que contraer matrimonio, vendría: a casarme”.

A todos ‑solteros, casados, novios, sacerdotes‑ les moví« siempre a bucear en las profundidades del amor, les previno contra la gran tentación del egoísmo ‑que impide resolver los problemas que esa pasión crea‑, y les animó a huir de la sen­sualidad, porque ‑solía repetir‑ corta las alas del amor y em­pequeñece las cosas grandes para las que es capaz el corazón humano.

A los más jóvenes enseñaba lo que recogió en Camino, y reite­raba en 1974 con otras palabras a un grupo numeroso de mucha­chos en San Paulo: Pido a1 Arcángel San Rafael que, como a Tobías, a los que hayan de formar una familia los lleve al en­cuentro de un amor de la tierra, limpio y bueno. Bendigo ese amor terreno vuestro, y bendigo vuestro futuro hogar. Y al Após­tol Juan, que tanto se enamoró de Cristo Jesús, y que fue valiente ‑el único hombre: los demás se escaparon‑ al pie de la Cruz de Cristo, cuando el Redentor era victorioso y parecía vencido; a ese discípulo joven, pero fuerte, le digo que os ayude, si es que el Señor os pide más.

El Fundador del Opus Dei se despidió de estos chicos con la bendición que se imparte a los que emprenden un viaje: Todos estamos camino adelante por la vida… Es la bendición que To­bías dio a su hijo cuando ‑acompañado por el Arcángel San Rafael‑ fue a recoger un dinero que debían a su padre. En realidad, porque fue además, sin saberlo, a buscar la novia, y en­contró una que era guapa y buena y rica. Es toda una bonita historia de limpieza, de amor noble, casto y fecundo, como el amor de nuestros padres, que yo bendigo.

Pocos días antes, también en San Paulo ‑como hizo siempre a lo largo de su vida‑, proponía a personas casadas el cariño del noviazgo como modelo de su amor: Que os queráis mucho. El amor de los cónyuges cristianos ‑sobre todo, si son hijos de Dios en el Opus Dei‑ es como el vino, que se mejora con los años, y gana valor… Pues el amor vuestro es mucho más importante que el mejor vino del mundo. Es un tesoro espléndido, que el Señor os ha querido conceder. Conservadlo bien. ;No lo tiréis! ;Guar­dadlo!

Más adelante, en aquella misma conversación, respondiendo a otra pregunta, Mons. Escrivá de Balaguer insistiría: No es malo que os manifestéis ese cariño limpio entre vosotros, delante de los hijos: malo sería que no lo mostraseis. No hagáis delante de los niños manifestaciones de afecto extraordinario, por pudor; pero quereos mucho, que el Señor está muy contento cuando os amáis. Y cuando pasen los años ‑ahora sois todos muy jóvenes‑ no tengáis miedo: vuestro cariño no se hará peor, sino mejor. Se hará incluso más entusiasta, volverá a ser el cariño del noviazgo.

Supo tratar siempre de cosas divinas a lo humano, y de cosas humanas a lo divino.Usó imágenes del amor humano, para mover al amor de Dios. Al predicar sobre la Eucaristía ‑donde Cristo es, exclamaba, ¡prisionero de Amor! ‑, hablaba de la madre buena que limpia a su hijo pequeñín, lo perfuma, lo abraza contra su corazón, y “se lo come a besos”… Y Cristo llega a lo que los hombres no pueden conseguir: se hace alimento, vida de nuestra vida, “tomad y comed”, nos dice.

Un Jueves Santo de 1960, en su homilía, evocaba la experien­cia humana de la despedida de dos personas que se quieren: De searían estar siempre juntas, pero el deber ‑el que sea‑ les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá crin los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiem­po, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amo­roso momento. Bajo las especies del pan y del vino está Él, real­mente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divi­nidad.

Siempre movió a todos a tratar a Dios con naturalidad, con el mismo corazón y las mismas palabras con que se trata a las per­sonas queridas de la tierra; o sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estu­diando…

Más de una vez, cuando alguien se dirigía a él, con un “Padre, dígame una jaculatoria…”, reaccionó espontáneamente:

‑Yo os daría una zurra… ¿Una jaculatoria…? Pero, ¿es po­sible que vosotros no sepáis hablar con el corazón a la gente? ¿Cómo hubierais hablado a la novia? ¿Qué queríais: que os soplaran para charlar con la novia? Pues, para hablar con Dios Nuestro Señor, lo mismo.

Partía del amor humano, para hacer comprender la riqueza santificadora que se encierra en los mil detalles de la vida coti­diana, que el alma enamorada sabe descubrir. Nada de extraño tiene, pues, que al esclarecer el sentido del matrimonio acentua4e aspectos aparentemente triviales. Tuvo lugar también en San Paulo una conversación que refleja con exactitud el tono con que Mons. Escrivá de Balaguer solía dirigirse a quienes debían hacer santa su vida conyugal. Fue un diálogo movido ‑es casi impo­sible reproducirlo por escrito‑, y entrecortado por la emoción de la persona que preguntaba. La primera interrupción fue del Fun­dador del Opus Dei, cuando ella dijo que estaba casada desde hacía 23 años y que tenía cinco hijos…

‑Oye, tú no dices la verdad… ;Veintitrés años! ;Tan joven y tan guapa!

Le había preguntado cómo mantener y aumentar en su matri­monio el entusiasmo de los primeros tiempos.

‑Siéntate, hija mía, siéntate. Tú serás una… ¿Cómo se dice novia en portugués?

‑Namorada, apuntaron a Mons. Escrivá de Balaguer.

… una enamorada perenne, constante. Cada día debes ir a conquistar a tu marido, y él a ti. (…) Lograrás esto, si miras a tu marido como lo que es: una gran parte de tu corazón, ;todo tu corazón!; si sabes que él es tuyo y tú eres de él; si recuerdas que tienes la obligación de hacerlo feliz, de participar de sus dichas y de sus penas, de su salud y de su enfermedad…

Y Mons. Escrivá de Balaguer, como dirigiéndose a todas las esposas que estaban en el abarrotado salón del Palacio de las Convenciones en el Parque Anhembi, proseguía:

Sabéis más que nadie en el mundo, porque el amor es sa­pientísimo. Cuando viene el marido del trabajo, de su labor, de su tarea profesional, que no te encuentre a ti rabiando. Arrégla­te, ponte guapa, y cuando pasen los años, arregla un poquito más la fachada, como se hace con las casas. ;El te lo agradece tanto! Muchas veces, en los momentos de contradicción que habrá tenido en la labor, ha pensado en Dios y ha pensado en ti, y ha dicho: voy a ir a casa y… ;qué bien!; allí encontraré un remanso de paz, de alegría, de cariño y de belleza; porque, para él, no hay nada en el mundo más bello que tú. (…) El día que viene cansado ‑y tú lo sabes, tú lo prevés‑, te acuerdas de aquel plato que le gusta: esto se lo hago yo. Y no se lo dices, para no hacérselo pesar; lo sorprendes, y él te mira con una mirada… ¡y ya está! ¡Ya está!

Cientos de consejos ‑llenos de sentido común y de visión so­brenatural‑ dio el Fundador del Opus Dei a los padres de fa­milia. Muchos están recogidos en sus libros. Otros hay que espi­garlos pacientemente a lo largo de estas reuniones numerosas y en las conversaciones personales con quienes fueron a verlo a Roma, o lo habían tratado más de cerca en sus años de España. Realmente amó a las familias, a todas: las familias numerosas, las que tienen menos hijos, o las que no tienen ninguno, porque Dios no se los da, después de haber puesto ‑ el marido también, repetía incansablemente‑ todos los medios sobrenaturales y los .humanos honestos. Sólo alguna vez se le escapaba lo que reo quería:

¡No soy amigo de las familias que, por egoísmo, cortan leas alas del amor y lo hacen estéril e infecundo…!

Les aconsejaba educar cristianamente a sus hijos, ante todo, con el ejemplo. Enseñarles a rezar, pero sin obligarles a grandes rezos: poquitos, pero todos los días (las madres, sí, pero también los padres). Llevarlos cortos de dinero, y que aprendan a usarlo, aunque ‑concretaba‑ es mejor que lo manejen cuando se lo ganen. Respetar prudentemente su libertad. Hacerles ayudar a los demás según la edad de cada uno, llenando el día de pequeños servicios. Conseguir que la casa ‑en una palabra‑ fuese hogar luminoso y alegre. (¡Cuántas veces bendecía en sus últimos años las guitarras de vuestros hijos!).

Mons. Escrivá de Balaguer hizo comprender a los matrimonios que el cariño se enrecia con las penas y dificultades de la vida. Como declaró a la directora de la revista Telva en febrero de 1968:

Pobre concepto tiene del matrimonio ‑que es un sacramen­to, un ideal y una vocación‑, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae ‑las muchas dificultades, físicas y morales‑ non potuerunt extinguere cari­tatem (Cant., VIII, 7), no podrán apagar el cariño.

Otro periodista, Luis Ignacio Seco, publicó, después de la muerte de su hija de siete años, un artículo en el que desahogaba su corazón: Marta había caído enferma de leucemia en 1970 y Luis Ignacio Seco escribió a Mons. Escrivá de Balaguer para pedirle que rezase mucho por ella. “Su respuesta llegó pronto: me hablaba de laamabilísima voluntad de Dios y me prometía sus oraciones; y me hizo comprender enseguida que lo que teníamos en casa era un tesoro oculto, una maravilla puesta en nuestras manos para que viviésemos a fondo la vocación de padres, de colaboradores directos y voluntarios de la Providencia, de cristianos corrientes y molientes que tratan de materializar sin teatro el formidable amor de Dios por todos sus hijos, los hom­bres”.

Pero no era necesario ser intelectual para darse cuenta de las exigencias del amor humano santo, que el Fundador del Opus Dei difundía entre quienes le escuchaban. Su mensaje encon­traba eco en personas de toda condición social. Lo reflejaba María, una asociada del Opus Dei, que vive en los alrededores de Pozoalbero (Jerez de la Frontera), cuyo marido, un sencillo hombre de campo, estuvo con Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero, en noviembre de 1972. Por aquellos días, se confia­ba a su mujer:

‑Ahora tengo que dejar la ropa dobladita, porque está aquí Monzeñó…

Era su modo práctico de mejorar, después de haber escu­chado al Fundador del Opus Dei. Y María se alegraba también al comprobar que su marido, “desde que vio al Padre”, hacía visibles esfuerzos para no enfadarse ni con esas pequeñas cuestio­nes domésticas que surgen en todas las familias.

Mons. Escrivá de Balaguer tuvo palabras de aliento para cuantos atravesaban circunstancias difíciles. Les .ayudó, al me­nos, a sobrellevarlas, cuando no era humanamente posible encontrar solución. Aquella entrevista con la directora de la revista Telva ofrece una muestra muy completa ‑que siempre vale la pena releer‑ de su actitud ante la variada gama de situa­ciones que pueden darse en la vida matrimonial: el trabajo de la mujer casada, su proyección social, el sentido vocacional del ma­trimonio, el número de hijos, la infecundidad matrimonial, la separación de los cónyuges, las riñas y divisiones, el conflicto generacional, la educación en la piedad, la orientación de los hijos, el “matrimonio a prueba”, la monotonía del hogar, el confort y la sobriedad, etc. Quizá es exacto admitir que sólo falta una pregunta, la que le hicieron en San Paulo, en mayo de 1974:

‑Existen hoy en día, lamentablemente, muchas familias compuestas por personas divorciadas. ¿Cuál sería la actitud de un católico frente a esas familias y los hijos de esas familias?

‑En primer lugar, comprensión, hijos míos. No sacamos nada con maltratar a la gente. Si son almas que necesitan una ayuda, un buen consejo, una palabra afectuosa, no les vamos a tratar mal. Son enfermos del espíritu, como esos otros que son enfermos de la mente o del cuerpo. Primera actitud: no tratarlos mal.Segunda. Si ellos preguntan: ¿qué les parece mi situación?, una respuesta clara: pues… ;lamentable! Lo siento mucho, pero es lamentable. ¿Por qué vamos a mentir? Pero no te desesperes, que con la gracia del Señor se podrá ir arreglando. Como suelen ser cosas sentimentales y median los hijos, es difícil. Muchas veces se resuelven esas situaciones; y, al fin de la vida, siempre. No los tratéis mal nunca. ¿Está claro? Y a los hijos de esas personas, ayudadles en lo que podáis. Que no se avergüencen, aunque esas pobres criaturas no puedan estar muy satisfechas. Es un shock tremendo, pero ésa es una razón más para que les tratemos bien, con afecto, con sentido sobrenatural, y para que les mostremos que somos cristianos. De modo que sed huma­nos, en primer lugar; y, después, cristianos. Primero, somos hombres; y después viene, con el Bautismo, la gracia de ser hijos de Dios. En la vida, en vuestras relaciones con la gente, se tienen que notar esas dos cualidades: las virtudes humanas y las virtu­des sobrenaturales. El trato afectuoso tuyo y cordial, porque eres una persona delicada, y además, la medicina sobrenatural de tus buenos consejos de cristiano y de tu buen ejemplo.